En sus cuentas personales no faltaba ese dinero. Tampoco en la cuenta corriente de Ricardo.
Entonces recordó un fondo que casi nunca revisaba: el ahorro que ambos habían creado para la universidad de Renata.
Durante el vuelo no volvió a discutir. Abrió su computadora, entró al portal bancario y buscó los movimientos de los últimos meses. Hubo transferencias pequeñas, aparentemente normales, y después una operación por 480,000 pesos hacia una empresa inmobiliaria.
El concepto decía: “inversión familiar”.
Mariana tomó una captura de pantalla.
Ricardo alcanzó a verla.
—Eso no es lo que crees.
—No digas otra vez esa frase.
Al aterrizar en Los Cabos, Camila se fue sola. Antes de alejarse, miró a Mariana.
—Lo siento. De verdad.
Ricardo intentó seguir a su esposa, pero Mariana llamó un taxi y se hospedó en otro hotel.
Esa misma noche habló por videollamada con una abogada de confianza. Le envió el informe del investigador, los estados de cuenta y la transferencia.
La respuesta llegó 30 minutos después.
—Mariana, no firmes nada y no le adviertas. Hay algo más grave aquí.
—¿Qué cosa?
—La transferencia salió de una cuenta que requiere autorización de ambos. Si tú no la aprobaste, alguien tuvo que falsificar tu firma electrónica.
Mariana sintió que la infidelidad acababa de convertirse en otra cosa.
La abogada añadió:
—Y encontré una segunda operación. Mañana necesito que revisemos quién fue el beneficiario real.
Mariana miró a Ricardo, que esperaba al otro lado del lobby sin saber lo que ella acababa de descubrir.
Por primera vez, ya no se trataba solo de un matrimonio roto.
Se trataba de saber hasta dónde había sido capaz de traicionar a su propia hija.
PARTE 3
Mariana no durmió esa noche.
Desde la ventana del hotel veía las luces avanzar por la avenida mientras en la computadora permanecían abiertos los estados de cuenta. Cada cifra parecía contar una parte de su matrimonio que ella nunca había conocido.
A las 7 de la mañana llamó la abogada.
—La segunda transferencia fue de 220,000 pesos a una cuenta empresarial vinculada con Ricardo. Y hay algo peor: las 2 operaciones fueron autorizadas con tus credenciales.
—Yo jamás las autoricé.
—Entonces tendremos que demostrar cómo obtuvo acceso.
Mariana recordó de inmediato que meses atrás, al cambiar de teléfono, Ricardo había configurado sus aplicaciones bancarias. Ella le había dado las claves porque confiaba en él.
A las 9, Ricardo tocó la puerta.
—Tenemos que hablar.
Mariana lo dejó entrar.
Él parecía haber envejecido durante la noche.
—Camila se fue. Ya no tiene sentido seguir mintiendo.
—Eso debiste pensarlo hace 6 meses.
—Cometí un error.
—Una relación de 6 meses no es un error. Sacar dinero del fondo de nuestra hija y usar mi autorización tampoco.
Ricardo levantó la vista.
—¿Revisaste las cuentas?
El miedo en su rostro confirmó más de lo que cualquier documento podía probar.
—Puedo devolverlo.