—Entonces venga hoy mismo. Hay una firma suya en el archivo.
Lucía llegó a casa con copias del expediente y las dejó sobre la mesa. La firma se parecía a la suya, pero era falsa.
Diego estaba ahí.
—Explícame esto —le dijo.
Primero lo negó. Después admitió que había enviado “unos documentos” a un conocido para buscar opciones de financiamiento. Mi madre terminó confesando que había tomado las fotografías.
—Solo eran fotos —dijo—. Nadie te quitó la casa.
Lucía la miró pálida.
—Entró a mi cuarto, tomó mis documentos y los entregó sin permiso.
Teresa se arrodilló de pronto.
—Si vas a denunciar a tu cuñado, primero pasa por encima de mí.
Y yo volví a fallar.
En vez de mirar los documentos falsificados, miré a mi madre en el piso.
—Lucía, ya dijeron que lo van a cancelar. No lleves esto más lejos.
Ella no discutió. Solo me preguntó:
—¿Otra vez me estás pidiendo a mí que ceda?
Al día siguiente guardó las escrituras originales en una caja de seguridad, cambió contraseñas y entregó copias a su amiga Mariana, una abogada.
Mientras tanto, Karla empezó a sospechar de Diego. Una noche encontró un segundo teléfono escondido en la cajuela de la camioneta. En la pantalla apareció un mensaje:
“Si no conseguimos el dinero, habrá que conseguir la firma.”
Karla logró tomar una foto antes de que Diego le arrebatara el aparato. También vio imágenes de la identificación de Lucía y un poder preparado con una firma imitada.
Diego la amenazó.
—Si hablas, los que me prestaron dinero pueden venir por nosotros y por el niño.
Karla guardó silencio por miedo.
Yo tuve que viajar 3 días a Monterrey por una auditoría de la empresa donde trabajaba. La tarde del segundo día, Lucía me escribió:
“Voy a reunirme con la gente relacionada con los documentos. Mariana ya sabe dónde estaré. Te llamo en la noche.”
No me llamó.
A las 9:40, mi madre me habló llorando. Dijo que Lucía había muerto en un accidente, que un vehículo se había incendiado y que las autoridades habían recomendado entregar el cuerpo en ataúd cerrado.
Sentí que el mundo desaparecía.
Pero algo era extraño: Teresa no sabía decirme qué autoridad la había llamado ni en qué hospital estaba Lucía.
Regresé en el primer vuelo.
Al llegar, ya habían levantado un altar en mi casa.
Entonces Sofía me llevó a su cuarto y me dijo que la noche anterior había visto a su tío entrar por la puerta trasera, cubierto de lodo, con raspones en las manos y el brazalete de su madre en el bolsillo.
—Lo escuché decirle a la abuela: “Cuando la entierren, Javier dejará de preguntar”.
En ese instante entendí que no estaba regresando a un funeral.
Estaba entrando en una trampa, y quizá mi esposa todavía estaba viva.
PARTE 3
No confronté a nadie.