Pero Don Arturo Robles había visto más de lo que ella imaginaba.
Había visto las transferencias extrañas.
Había visto a Beatriz tratar a Daniela como sirvienta cuando Santiago no estaba.
Había visto a Renata elegir habitaciones, muebles y joyas antes de que el dueño de la casa cerrara los ojos.
Por eso dejó una estructura simple y feroz: Daniela protegida, Santiago al mando, Beatriz vigilada, Renata fuera.
El agente del Ministerio Público se volvió hacia Renata.
“Queda detenida por lesiones, privación ilegal de la libertad y exposición al peligro.”
“¡No!”, gritó Renata, retrocediendo hasta golpear la silla. “¡Santiago tiene que detener esto!”
Santiago estaba de pie junto a la chimenea, todavía con el uniforme, la cara marcada por el cansancio y la nieve seca en las botas.
“Tú dijiste que nadie le creería a Daniela”, respondió. “Se te olvidó que esta casa tenía cámaras.”
Beatriz golpeó la mesa con la palma.
“¡Esa mujer te envenenó contra nosotras!”
“No”, dijo Santiago. “Ustedes lo hicieron solas.”
El segundo agente colocó otra carpeta sobre la mesa.
“Señora Beatriz Robles, también queda detenida por falsificación, tentativa de fraude y uso indebido de documentos patrimoniales.”
Beatriz abrió la boca, pero no le salió nada.
Dentro de la carpeta estaban las autorizaciones falsas, las firmas imitadas de Santiago, los mensajes enviados a un comprador de Monterrey y los movimientos bancarios hechos con cuentas del fideicomiso. Renata había preparado recorridos de la casa. Beatriz había prometido entregar el inmueble “libre de ocupantes” antes de Navidad.
Daniela no era una persona para ellas. Era un obstáculo.
“Yo te crié”, gritó Beatriz cuando un agente le tomó el brazo. “¡Me debes todo!”
Santiago dio un paso hacia ella.
“Me criaste para proteger a la familia.”
La voz se le quebró apenas, pero no retrocedió.
“Daniela es mi familia. Y mi papá sabía exactamente quién eras tú.”
Beatriz intentó zafarse. Renata empezó a llorar, ya no con rabia, sino con pánico. Afuera, las luces rojas y azules pintaban la nieve. Los vecinos de la sierra, los mismos que habían escuchado rumores sobre la “inestabilidad” de Daniela, miraban desde sus ventanas cómo sacaban a las dos mujeres esposadas de la casa grande de Los Encinos.
Al amanecer, el rancho ya no era el escenario de su poder, sino la prueba de su caída.
Un equipo de inventario entró por orden legal para separar pertenencias. La camioneta de lujo de Beatriz quedó asegurada porque había sido comprada con recursos del fideicomiso. La empacadora familiar suspendió a Beatriz de cualquier participación mientras se abría una investigación interna. Las cuentas que ella manejaba quedaron congeladas.
Y Santiago volvió al hospital.
Daniela estaba despierta, envuelta en cobijas térmicas. La luz fría de la mañana entraba por la ventana, pero en su rostro había algo que no había tenido en meses: alivio.
Santiago dejó los alcatraces, ya maltratados, sobre la mesa junto a la cama.
“No fue la sorpresa que imaginé”, dijo ella con una sonrisa débil.
Él le besó la frente.
“No. Pero ya estoy en casa.”
Daniela lo miró en silencio. Luego soltó la pregunta que llevaba guardada desde hacía meses.
“¿Tú nunca dudaste de mí?”
Santiago sintió un peso horrible en el pecho, no porque hubiera dudado, sino porque no había estado ahí para impedir que ella dudara de sí misma.
“Nunca”, respondió. “Pero ellas hicieron todo para que tú creyeras lo contrario.”
Daniela cerró los ojos. Una lágrima cayó hacia la almohada.
“Yo pensé que me habías abandonado.”