Beatriz dejó sobre la mesa una carpeta.
Dentro había fotografías de la noche de la apuesta, mensajes entre Alejandro y Emilio, y una transferencia de 2,000,000 de pesos. Según los documentos, Emilio cobraría el dinero si Alejandro completaba el matrimonio.
—Tu amigo ya recibió la mitad —dijo Beatriz—. La otra mitad se libera cuando lleguen al día 180.
Mariana miró a Alejandro.
—¿Había dinero?
Él no respondió de inmediato.
Ese silencio fue suficiente para destruir todo lo que habían construido.
—Me dijiste que era un reto estúpido entre amigos, no una apuesta de 2,000,000 —susurró ella.
—No tomé el dinero.
—Pero lo pusiste sobre la mesa.
—Sí.
Mariana se quitó el anillo y lo dejó junto a la carpeta.
—Entonces todavía estabas ganando algo.
Salió del penthouse esa misma tarde y regresó a su antiguo departamento. Alejandro no intentó detenerla. Por primera vez comprendió que insistir también podía ser una forma de control.
Esa noche Alejandro enfrentó a Emilio. Su amigo confesó que había conocido a Mariana en una colecta y que después descubrió parte de su diagnóstico.
—Pensé que tú necesitabas dejar de tratar a la gente como trofeos y que ella necesitaba dejar de sentirse invisible. Nunca planeé quedarme con el dinero; lo puse en un fideicomiso para el centro.
—Manipulaste su enfermedad.
—Sí. Y no hay forma bonita de explicarlo.
Mariana no sabía nada del dinero. Alejandro obligó a Emilio a devolverlo, canceló el fideicomiso creado sin consentimiento y cortó la amistad.
Luego convocó a los socios de su empresa y confesó públicamente la apuesta.
—Usé a una mujer para probar que podía controlar una relación. Haberme enamorado no borra la humillación con la que empezó.
Las acciones bajaron, varios socios exigieron su renuncia y Beatriz lo acusó de destruir el apellido.
—Prefiero perder una empresa que seguir ganando como tú me enseñaste.
Mariana vio la conferencia con rabia, tristeza y una pequeña grieta de esperanza.
3 días después tuvo una revisión médica. Alejandro estaba sentado en la sala de espera, lejos, sin acercarse.
—No te pedí que vinieras —dijo ella.
—Lo sé. La doctora me avisó antes de que retiraras mi autorización. Vine porque prometí estar, pero no voy a entrar si no quieres.
Mariana lo observó. Parecía agotado.
—¿Renunciaste?
—Temporalmente.
—¿Por mí?
—Por lo que hice. No quiero convertirte otra vez en la causa de mis decisiones.
Esa respuesta cambió algo.
Mariana le permitió entrar.
Los resultados mostraron mejoría real. La presión estaba más estable y los marcadores de esfuerzo cardíaco habían bajado. La doctora Jimena fue clara:
—No está curada, pero ya no va directo hacia el peor desenlace. Si continúa así, el pronóstico puede ser muy bueno.
Alejandro cubrió su rostro con ambas manos.
Mariana lo vio llorar por primera vez.