PARTE 1
La primera vez que Mariana Cruz sintió que la mentira se había vuelto peligrosa no fue cuando las mujeres de Polanco la miraron de arriba abajo, como si su vestido sencillo hubiera ensuciado el salón del hotel.
Fue cuando Alejandro Villarreal le tomó la mano frente a todos y dijo, con una frialdad que apagó las risas:
—La próxima persona que se burle de mi esposa puede largarse de esta gala.
El silencio cayó de golpe.
Mariana lo miró sin entender. Alejandro no debía defenderla así. No debía sonar furioso. No debía apretar sus dedos como si temiera que ella se apartara.
Porque Mariana sabía perfectamente qué era para él.
Una apuesta.
6 meses antes, durante una noche de whisky en un club privado de Santa Fe, Alejandro había presumido que podía conquistar a cualquier mujer. Su amigo Emilio lo retó a casarse con alguien completamente fuera de su mundo: una mujer sin apellido poderoso, sin ropa de diseñador y sin interés por su dinero.
Las reglas eran claras: matrimonio civil, vivir bajo el mismo techo durante 6 meses y no abandonar antes del plazo.
Mariana conocía todo desde el principio.
Emilio se lo confesó en una cafetería de la colonia Roma. Esperaba que ella le aventara el café encima. En cambio, Mariana preguntó:
—¿Alejandro sabe que yo sé?
—Sí.
—Entonces mi condición es que no intente convertirme en otra persona.
Alejandro aceptó con esa sonrisa arrogante de hombre que jamás había perdido nada importante.
Se casaron en un juzgado de la Ciudad de México. No hubo beso, flores ni familia. Solo firmas, un anillo y una fotografía donde parecían 2 desconocidos esperando turno en el banco.
Mariana siguió trabajando en un centro comunitario de Iztapalapa, ayudando a madres amenazadas con desalojo, niños sin beca y adultos mayores que no entendían formularios oficiales.
Alejandro no comprendía por qué salía cada mañana.
—Podrías dejar de trabajar. Yo puedo darte todo.
—No trabajo porque necesite que me salven —respondió ella—. Trabajo porque otras personas sí necesitan ayuda.
Eso lo irritó.
Pero poco a poco empezó a observarla de otra manera. Notó que saltaba comidas, que se detenía al subir escaleras y que algunas noches se quedaba en el balcón del penthouse con una mano sobre el pecho.
También empezó a esperarla despierto.
A preguntarle cómo había ido el día.
A escuchar de verdad.
Por eso, después de defenderla en la gala, el trayecto de regreso fue insoportablemente silencioso. Mariana sentía presión en el pecho, pero no quería darle otra razón para mirarla con preocupación.
Entraron al penthouse. Alejandro se aflojó la corbata.
—Siéntate. Estás pálida.
—Estoy bien.
Mariana avanzó 3 pasos.
El piso pareció doblarse bajo sus pies. Intentó sujetarse del sofá, pero su mano encontró el aire. El dolor le atravesó el pecho y sus rodillas cedieron.
Alejandro alcanzó a recibirla antes de que golpeara el mármol.
—¡Mariana! Mírame, por favor.
Ella quiso responder, pero no podía respirar.
Las luces de la ambulancia pintaron de rojo las paredes mientras Alejandro repetía su nombre con la voz quebrada.
Horas después, una cardióloga salió de urgencias y preguntó:
—Señor Villarreal, ¿usted sabía que su esposa tiene una complicación cardíaca grave?
Alejandro se quedó inmóvil.
Entonces la doctora agregó:
—Lo más extraño es que ella sabía que podía empeorar en cualquier momento… y aun así aceptó casarse con usted.
PARTE 2
Alejandro entró en la habitación sin el saco, sin la corbata y sin esa seguridad que solía acompañarlo a todas partes. Mariana estaba conectada a un monitor, con el rostro cansado y una vía en el brazo.
—Ya sabes —murmuró ella.
—Sé que tienes hipertensión severa, daño cardíaco temprano y que esta noche pudiste morir.
Mariana desvió la mirada hacia la ventana.
—No te debía mi expediente médico.