César colocó sobre la mesa una carpeta con documentos.
—Puedo oponerme. Puedo solicitar visitas, custodia compartida y hacer que esto dure años.
—Abandonaste a Mateo.
—Pero legalmente sigo siendo su padre.
Después se inclinó hacia Elena.
—Dame 300,000 pesos y firmaré lo que quieras.
Elena sintió náuseas.
César no había regresado por su hijo. Había regresado porque un conocido le había contado que Gabriel y Elena planeaban casarse. Imaginó que podía convertir su firma en dinero.
Elena rechazó la propuesta.
—Entonces prepárate —advirtió él—. Mañana solicitaré la custodia.
Ninguno de los 2 sabía que Mateo había llegado al café minutos antes y había escuchado la conversación desde el pasillo.
El niño creyó que César podía llevárselo.
También creyó que Gabriel no tendría derecho a impedirlo.
Salió por la puerta trasera sin que nadie lo viera.
Cuando Elena terminó de discutir, encontró la mochila de Mateo debajo de una mesa.
Afuera había comenzado una tormenta.
Gabriel llegó 15 minutos después y comprendió inmediatamente lo ocurrido. Organizó la búsqueda con sus compañeros, la policía y los vecinos.
—¿Adónde iría? —preguntó.
Elena miró la lluvia golpeando los cristales.
—Al edificio donde vivíamos cuando tuvo la crisis. A veces dice que ahí comenzó todo.
Gabriel subió a la ambulancia.
El antiguo edificio de la colonia Doctores llevaba meses abandonado por daños estructurales. Cuando Gabriel llegó, la entrada estaba abierta.
En el tercer piso escuchó un golpe.
Encontró a Mateo sentado junto a una pared, empapado, abrazando el viejo dinosaurio de plástico que había permanecido dentro del departamento vacío.
—No dejaré que me lleve —dijo el niño—. No quiero irme con él.
—Nadie va a llevarte.
—Tú no eres mi papá. Él lo dijo.
Gabriel se arrodilló.
—No necesito ser tu padre biológico para quedarme contigo.
En ese instante Mateo comenzó a temblar.
El dinosaurio cayó de sus manos.
Gabriel reconoció inmediatamente las señales. El miedo, el frío y el agotamiento habían provocado una nueva crisis.
El cuerpo del niño se puso rígido.
—¡Mateo!
Mientras Gabriel lo acomodaba en el suelo, una parte del techo crujió sobre ellos.
Gabriel protegió la cabeza de Mateo mientras pedazos de yeso caían a su alrededor.
Pidió ayuda por radio, pero la tormenta interfería la señal.
La crisis continuaba.
Gabriel controló el tiempo, despejó el área alrededor del niño y comprobó su respiración. El edificio volvió a sacudirse.
Elena llegó al tercer piso acompañada por 2 paramédicos.
Al ver a su hijo en el suelo, regresó por un instante a la noche de 6 años antes. Sus manos comenzaron a temblar y el pasillo pareció cerrarse a su alrededor.
Gabriel levantó la mirada.
—Necesito tu ayuda, mamá. Mateo necesita escuchar tu voz.
Las mismas palabras.
Elena se arrodilló.
—Estoy aquí, hijo. No estás solo.
Gabriel contó.
—Inhala durante 4.
Elena respiró.
—Sostén durante 4.
El techo crujió de nuevo.
—Exhala durante 4.
Los paramédicos colocaron a Mateo en una camilla y evacuaron el edificio. Minutos después, una parte de la escalera se derrumbó.
En el hospital, los médicos estabilizaron al niño. La crisis había terminado sin consecuencias permanentes, pero tendría que retomar estudios neurológicos y medicación preventiva.
Elena permaneció junto a la cama mientras Gabriel esperaba en el pasillo, cubierto de polvo.
César apareció 1 hora después.
—¿Qué le hicieron a mi hijo?
Gabriel se levantó.
—Tu hijo huyó porque te escuchó ponerle precio a tu firma.
César intentó negarlo.
Entonces Elena salió de la habitación con el teléfono en la mano.