Sobre ellos había escrito: “La noche en que empezó nuestra segunda vida”.
Gabriel aceptó cenar con ellos.
Después hubo otra cena. Luego un partido de futbol en una cancha de la colonia Narvarte. Más tarde llegaron las tardes haciendo tareas escolares, las caminatas por Coyoacán y los domingos comiendo barbacoa.
Gabriel descubrió que Mateo hacía preguntas difíciles sin ninguna advertencia.
—¿Tienes hijos?
—No.
—¿Querías tenerlos?
—Algún día pensé que sí.
—¿Y luego?
—Luego dejé de pensarlo.
—Mi papá también dejó de pensar en mí.
Gabriel no supo qué decir.
Mateo estaba probándolo. Necesitaba saber si aquel hombre también desaparecería cuando las cosas dejaran de ser fáciles.
Gabriel no hizo promesas. Simplemente siguió apareciendo.
Asistió a los partidos aunque lloviera. Aprendió a preparar el sándwich exacto que Mateo comía antes de cada encuentro. Reparó la licuadora de Elena, ayudó al niño con matemáticas y permaneció en silencio cuando Mateo no quería hablar.
3 meses después, Elena y Gabriel comenzaron una relación.
No fue una historia perfecta.
Cada vez que Gabriel sentía que era demasiado feliz, se alejaba. Aceptaba guardias extra, respondía los mensajes con pocas palabras y regresaba a su antiguo departamento.
Elena no lo perseguía.
Solo le enviaba 3 palabras:
“Inhala durante 4”.
Gabriel respiraba dentro de su automóvil y recordaba que huir antes de ser abandonado seguía siendo una forma de abandono.
Entonces regresaba.
Casi 1 año después, durante la final de un torneo escolar, un hombre apareció junto a la cancha.
Vestía una camisa costosa, gafas oscuras y una cadena de oro. Observaba a Mateo desde lejos.
Elena se puso pálida al reconocerlo.
Era César Navarro.
El padre biológico de Mateo.
Había desaparecido durante 9 años. Nunca había enviado dinero, regalos ni llamadas. Elena había intentado localizarlo al principio, pero César cambiaba constantemente de número y domicilio.
Ahora regresaba como si solo hubiera salido durante una tarde.
—Quiero hablar con mi hijo —dijo.
—No tienes derecho a aparecer así.
—Sigue siendo mi hijo.
Mateo escuchó la discusión desde la cancha.
Gabriel se interpuso, pero Elena le pidió que no provocara un enfrentamiento.
César sonrió al verlo.
—Así que tú eres el paramédico. El héroe.
—Gabriel ha estado con Mateo cuando tú no estuviste —respondió Elena.
—Eso no lo convierte en su padre.
Las palabras golpearon a Mateo. El niño dejó caer sus guantes y corrió hacia los vestidores.
César aseguró que había cambiado. Dijo que quería recuperar el tiempo perdido y participar en la vida de Mateo.
Sin embargo, aquella misma noche reveló sus verdaderas intenciones.
Se presentó en el Café Lupita y exigió hablar con Elena a solas.
—Supe que vas a casarte con el paramédico —dijo—. También supe que quieres cambiar el apellido del niño.
—Eso no es asunto tuyo.
—Necesitas mi autorización.