Mariana los leyó uno por uno.
Algunos le dieron gracias. Otros contaron historias. Otros pidieron ayuda.
A la mañana siguiente, llegó temprano al centro. Fernanda estaba en recepción, ahora con el bebé dormido en una carriola y una carpeta de documentos en la mano. Otra mujer esperaba sentada junto a la ventana. Tenía los ojos hinchados, pero la espalda recta.
—Dice que es urgente —susurró Lucía.
Mariana miró a la mujer y reconoció esa mirada. La había visto en el espejo muchas veces.
Se acercó con suavidad.
—Hola. Soy Mariana. Estás en un lugar seguro.
La mujer empezó a llorar.
Mariana se sentó frente a ella, sin prisa.
Afuera, la ciudad seguía con su ruido de camiones, puestos de tamales, cláxones y gente corriendo hacia el trabajo. Adentro, una puerta volvía a abrirse.
Mariana entendió entonces que su historia no terminó la noche en que se levantó de aquella mesa.
Esa noche solo comenzó.
Y cada mujer que cruzaba esa puerta era una prueba de que el miedo puede heredarse, pero la libertad también puede enseñarse.