PARTE 1
—Si tanto te da vergüenza ser mi esposa, al menos aprende a no hacer el ridículo en público.
La frase de Rodrigo cayó sobre la mesa como una bofetada, pero lo peor vino un segundo después. Mariana sintió el golpe seco bajo la mesa, una patada directa en la pierna que la hizo perder el equilibrio. Su cuerpo se fue hacia adelante y su rostro terminó hundido en el plato de ensalada, frente a todos los clientes del restaurante en Polanco.
El aderezo frío le escurrió por la mejilla. Una hoja de lechuga se le quedó pegada cerca de la boca. Su blusa clara, la misma que había planchado con cuidado esa mañana, quedó manchada de aceite, jitomate y vinagre.
Rodrigo soltó una carcajada.
Su madre, doña Graciela, también se rió, tapándose la boca con una servilleta como si estuviera viendo una escena graciosa en una comedia.
—Ay, Mariana, de verdad eres única —dijo la suegra, con esa voz dulce que solo usaba para humillar—. Ni comer sabes sin hacer un espectáculo.
Mariana no lloró.
Eso fue lo que más los desconcertó.
Durante años, Rodrigo había estado acostumbrado a verla bajar la mirada, pedir perdón, justificarlo todo. Si él gritaba, ella callaba. Si él la empujaba, ella decía que se había tropezado. Si doña Graciela la acusaba de ser una mala esposa, Mariana se esforzaba más al día siguiente.
Pero esa noche algo se rompió.
Mariana tomó una servilleta, se limpió lentamente la cara y se puso de pie. El restaurante quedó en silencio. En una mesa cercana, una pareja dejó de hablar. Un mesero se quedó inmóvil con una charola en la mano.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿A dónde crees que vas?
Mariana no respondió.
Tomó su bolsa, enderezó la espalda y caminó hacia la salida. Sus tacones sonaron firmes sobre el piso brillante del restaurante.
—¡Mariana! —gritó Rodrigo—. ¡Te estoy hablando!
Ella siguió caminando.
La puerta de cristal se cerró detrás de ella con un sonido suave, casi elegante.
Afuera, el aire de la noche en la Ciudad de México le pegó en el rostro todavía manchado. Caminó sin saber bien hacia dónde. Solo sabía que no podía volver a sentarse en esa mesa. No podía escuchar otra vez la risa de Rodrigo. No podía mirar a doña Graciela fingiendo que todo era culpa de ella.
Apagó el celular después de la décima llamada perdida.
Tomó un taxi y dio una dirección que no pronunciaba en voz alta desde hacía casi dos años: la casa de sus padres, en Coyoacán.
Su madre abrió la puerta y se quedó pálida.
—Hija… ¿qué te hizo ahora?
Mariana intentó hablar, pero solo pudo apoyar la frente en el hombro de su mamá.
—Ya no puedo —susurró.
Su padre apareció detrás. Al verla así, apretó la mandíbula.
—Ese desgraciado…
—Papá, no —dijo Mariana, con la voz quebrada—. No quiero que vayas a buscarlo. Quiero dejarlo.
El silencio que siguió fue profundo.
Su madre empezó a llorar, pero no de tristeza. Era como si hubiera estado esperando esas palabras desde la primera vez que Mariana llegó con un moretón en el brazo y dijo que se había pegado con la puerta.
Su padre se acercó y la abrazó con fuerza.
—Te quedas aquí —dijo—. Mañana buscamos una abogada. Y esta vez no vas a volver con él.
Al día siguiente, Rodrigo apareció en la puerta de la casa. Tocó el timbre como si tuviera derecho a entrar.
—Vengo por mi esposa —dijo, cuando el padre de Mariana abrió.
—Aquí no tienes esposa —respondió don Ernesto—. Aquí está mi hija.
Rodrigo intentó sonreír.
—No se meta en problemas de pareja. Mariana exageró. Fue una broma.
Mariana salió al pasillo con ropa prestada de su madre. Tenía el rostro limpio, pero los ojos distintos.
—Me pateaste frente a todos —dijo.
—Ay, por favor. Te caíste sola.
—Me humillaste durante años, Rodrigo.
Él endureció la mirada.
—Sin mí no eres nadie.
Mariana respiró hondo.
—Entonces prefiero ser nadie, pero lejos de ti.
Rodrigo levantó la mano, no para golpear, sino para señalarla con rabia. Don Ernesto dio un paso al frente.
—Un movimiento más y llamo a la policía.
Rodrigo se fue gritando amenazas.
Esa tarde, Mariana abrió una carpeta escondida en su correo electrónico. Había fotos de moretones, capturas de mensajes, audios donde Rodrigo la insultaba, estados de cuenta donde se veía cómo le quitaba su sueldo “para administrarlo mejor”.
No sabía por qué había guardado todo eso.
Ahora lo entendía.
Y cuando su abogada le llamó para decirle que el restaurante tenía cámaras de seguridad, Mariana sintió que la tierra se movía bajo sus pies.
Porque lo que pasó aquella noche no había terminado.