—No se trata de ellos. Se trata de que decidieron utilizar mi tiempo como si fuera suyo, sin siquiera preguntarme si estaba de acuerdo.
—Siempre te incluimos en los planes familiares.
No pude evitar una sonrisa amarga.
—Solo me incluyen cuando necesitan que cocine, cuide a los niños o pague los gastos.
Intentó responder, pero esta vez no la dejé.
—¿Recuerdas cuándo fue la última vez que viniste solo para pasar un rato conmigo? ¿Cuándo me preguntaste cómo estaba? ¿O cuándo alguno de ustedes recordó mi cumpleaños sin que alguien se lo recordara?
El silencio fue su única respuesta.
Después hizo la pregunta que confirmó exactamente lo que yo ya sabía.
—¿Y ahora qué hacemos con los ocho niños?
—Eso tendrán que resolverlo ustedes. Son tus hijos y los de Robert, no los míos.
Sin decir nada más, sacó el teléfono.
—Voy a llamar a Robert. Seguro que él logra hacerte entrar en razón.
La observé con serenidad.
—Puedes llamar a quien quieras. Mi decisión ya está tomada.
—
Α la mañana siguiente, Paula llegó puntualmente.
El coche iba cargado con maletas, sombrillas, provisiones y todo lo necesario para pasar unos días junto al mar.
Guardé mi equipaje en el maletero y, mientras nos alejábamos de la casa, observé por el retrovisor cómo mi hogar desaparecía poco a poco.
Durante la primera hora de viaje mi teléfono no dejó de sonar.
Αmanda.
Robert.
Martin.
Otra vez Αmanda.
Cuando la pantalla marcó diez llamadas perdidas, apagué el móvil.
Paula me miró de reojo.
—¿Te sientes bien?
Respiré profundamente.
—Todavía no… pero sé que voy a estarlo.
Llegamos aquella misma tarde a un pequeño pueblo costero.
Era un lugar tranquilo, lleno de calles empedradas, casitas pintadas de colores suaves y una brisa salada que parecía borrar cualquier preocupación.
La casa que habíamos alquilado era sencilla, acogedora y tenía unas enormes ventanas con vista al océano.
Cuando entré en mi habitación y vi el mar extendiéndose hasta el horizonte, sentí que algo dentro de mí empezaba, por fin, a relajarse.
Encendí el teléfono solo unos minutos.
Había cincuenta y tres llamadas perdidas y veintisiete mensajes.
Αmanda escribió:
«Los niños están llorando porque la abuela desapareció. ¿Eso era lo que querías?»
Robert decía:
«Llamé al supermercado y descubrí que cancelaste toda la cena. Nunca pensé que pudieras ser tan egoísta.»
Martin añadió:
«Αmanda está destrozada. Vuelve inmediatamente y arregla este desastre.»
Leí todos los mensajes con calma.
Curiosamente, ninguno preguntaba cómo me encontraba.
Ninguno reconocía que habían organizado toda la Navidad sin consultarme.
Solo esperaban que solucionara un problema que ellos mismos habían creado.
Αpagué el teléfono una vez más.
Y no sentí la menor culpa.