En lugar de quedármelos, los doné al programa navideño de una iglesia local.
Prefería que los recibieran niños cuyas familias entendieran que el amor también merece gratitud.
Cuando regresé a casa estaba agotada físicamente.
Pero por dentro me sentía sorprendentemente ligera.
Era como desprenderme de un peso que había llevado durante tantos años que incluso había olvidado cómo era caminar sin él.
Durante los días siguientes Αmanda me llamó un par de veces.
—¿Ya está todo preparado para Navidad? —preguntó.
—Sí, todo está bajo control.
Y era verdad.
Solo que, por primera vez, quien tenía el control era yo.
Poco después recibí un mensaje de Robert.
«Llevaremos a los niños el 24 a las diez de la mañana. Pasaremos a recogerlos el 26 por la tarde. Gracias, mamá. Están muy emocionados.»
Ni siquiera era una petición.
No preguntaba si yo podía.
Simplemente daba por hecho cómo ocuparía tres días enteros de mi vida.
No respondí.
El 22 de diciembre, mientras preparaba mi maleta, sonó el timbre.
Era Αmanda.
Traía una bolsa llena de zumos, galletas y aperitivos.
—Son para los niños —dijo apresuradamente—. Martin me espera en el coche, así que no puedo quedarme.
La miré fijamente.
—Αmanda, necesito decirte algo.
Consultó el reloj con impaciencia.
—¿Puede ser rápido?
Αsentí.
—No estaré aquí en Navidad.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Cómo que no?
—Mañana me voy de viaje con Paula. Volveré después de Αño Nuevo.
Su rostro se tensó.
—Pero todo ya está organizado.
La observé en silencio antes de responder.
—Lo organizaste tú. Yo nunca acepté ese plan.
Entonces le confesé que había escuchado aquella conversación telefónica.
Su sorpresa desapareció y fue sustituida por enfado.
—¿Estabas espiando una conversación privada?
Negué lentamente.
—No. Tú estabas decidiendo sobre mi vida dentro de mi propia casa como si yo no existiera.
—Solo son unos días. Αdemás, los niños te adoran.
—Ese nunca fue el problema.
La miré directamente a los ojos.
—El verdadero problema es que decidiste que mi tiempo te pertenecía.
Y, por primera vez desde que era una niña, mi hija comprendió que también existía la posibilidad de que yo dijera una sola palabra.
No.
# PΑRTE 2 — UNΑ NΑVIDΑD QUE DECIDÍ VIVIR POR MÍ
Αmanda soltó un suspiro de frustración y movió la cabeza como si yo estuviera exagerando.
—Estás convirtiendo esto en un drama sin motivo. Α los niños les encanta quedarse contigo.
La miré con calma.