“¿Cuándo?”.
Señaló débilmente la carta. “Pronto”.
“Eso no es una fecha”.
“Lo sé”. Se secó la cara. “Intentaba armarme de valor”.
“También era una locura”.
Dejé escapar un largo suspiro por la nariz. “Fue cruel”.
“Sí”.
“Fue egoísta”.
“Sí”.
“También fue una locura”.
Se le escapó una risita entrecortada. “Sí”.
Aquélla golpeó.
Le dije: “¿Entiendes lo que me ha supuesto económicamente?”.
Su cara se dobló sobre sí misma. “Ahora lo entiendo. Creo que me dije que te las arreglabas mejor de lo que lo hacías”.
“¿Por qué?
“Porque la alternativa era admitir que te estaba haciendo daño”.
Aquélla golpeó.
No porque excusara nada. Porque sonaba a verdad.
Volví a leer los extractos.
A Linda siempre se le había dado bien ver el dolor, a menos que fuera dolor causado por ella. Entonces se volvía esperanzada. Luego estúpida.
Volví a leer los extractos.
El saldo de la cuenta era un poco mayor de lo que yo había ingresado. Interés. Inversión cuidadosa. Planificación paciente.
La miré y le pregunté: “¿Y ahora qué?”.
Tragó saliva. “Ahora lo devuelvo. Todo”.
Me reí sin humor. “Estupendo. Gracias”.
Lo que quedaba en mí era pena.
“Sé que el dinero no arregla esto”.
“No. De verdad que no”.
Ella asintió. “Lo sé”.
Lo que quedaba en mí era pena.
No sólo por la mentira.
Por la necesidad de mentir.
Me limpié la cara y la miré.
La había estado amando a través de los recuerdos.
Llamadas rápidas desde aparcamientos. Visitas con un ojo en el reloj. Promesas constantes de que lo haría mejor más tarde, como si el más tarde estuviera garantizado.
Finalmente dije, en voz muy baja: “Deberías haberme dicho que te sentías sola”.
Ella respondió en voz igual de baja “Lo sé”.