—No traigas a la policía. Solo quiero que Andrés entienda lo que me hizo desde que te conoció.
—Devuélveme a mi hija.
—Me robaste a mi hijo, Valeria. Yo entregué mi vida por él y tú llegaste a ocuparlo todo.
Encontramos a Teresa bajo el corredor de la capilla, con una mano sobre el hombro de Lucía y el frasco blanco en la otra. Andrés le pidió que soltara a la niña. Ella comenzó a llorar.
—Al principio solo quería que Valeria se enfermara un poco. Si estaba débil, trabajaría menos, saldría menos y tú volverías a necesitarme. Rogelio me dijo qué darle y cuánto.
Lucía corrió hacia mí cuando llegaron las patrullas. El frasco cayó al suelo y el polvo se mezcló con la lluvia. Mientras los agentes esposaban a Teresa, ella gritó:
—¡Yo no inventé esto! Rogelio conocía a la madre de Valeria. Él lleva años esperando vengarse.
Horas después, la policía encontró en el cuarto rentado por Rogelio fotografías de mi casa, de Lucía saliendo de la escuela y de mi madre cuando era joven. También una libreta con nuestros horarios y una frase subrayada en rojo:
“Si Teresa falla, usar el plan B con la niña”.
Entonces recibí un mensaje de un número desconocido. Era una foto de la pulsera de Lucía, perdida en la capilla.
Debajo solo decía: “Tu madre no fue una heroína. Ven sola y sabrás por qué”.
En ese instante comprendí que Teresa nunca había sido el verdadero final de la pesadilla.
PARTE 3
La inspectora Mariana Robles tomó mi teléfono antes de que yo respondiera. Intentaron rastrear el número, pero había sido activado con datos falsos. Rogelio no estaba huyendo; quería dirigirnos hacia algún lugar.
En la comisaría me mostraron una fotografía de 1998. Mi madre, Elena Vargas, aparecía frente a Laboratorios del Centro, una empresa farmacéutica que había operado en Toluca. Detrás de ella estaba Rogelio Salgado, entonces encargado del almacén de materias primas.
La inspectora explicó que el laboratorio había sido investigado por fabricar medicamentos con insumos contaminados y falsificar controles de calidad. Mi madre trabajaba en contabilidad y había copiado facturas, transferencias y reportes internos. Rogelio fue despedido después de que ella denunciara irregularidades, pero el caso se cerró por falta de documentos. Poco después, la empresa desapareció.
—Rogelio afirma que su vida se arruinó por culpa de su madre —dijo Mariana—. Pero creemos que él participó en el encubrimiento.
Yo apenas podía respirar. Recordé una frase que mi madre me dijo antes de morir:
—Si algún día alguien habla de mi antiguo trabajo, no le creas de inmediato y no aceptes nada de desconocidos.
Siempre pensé que deliraba por la enfermedad.
Teresa declaró que Rogelio la había buscado 5 años antes en su pueblo. Le habló de mí, alimentó sus celos y le aseguró que yo terminaría separando a Andrés de ella. Luego comenzó a venderle el inmunosupresor triturado por 3,000 pesos al mes, pagados con el dinero que yo misma le entregaba para sus gastos.
La verdad era más cruel de lo que imaginaba: Rogelio había encontrado en el resentimiento de mi suegra la puerta perfecta para entrar a mi casa.
Esa tarde llegó otro mensaje con una ubicación: una antigua bodega farmacéutica en la zona industrial de Toluca. La orden decía que debía acudir sola si quería recuperar “lo que Elena había escondido”. Mariana organizó un operativo y me colocó un micrófono. Andrés quiso acompañarme, pero la inspectora fue tajante.
—Si Rogelio ve algo extraño, puede desaparecer otra vez. Nosotros estaremos cerca.
Antes de salir, llevamos a Lucía al departamento de Fernanda. Había policías afuera y nadie más conocía la dirección. Me arrodillé frente a mi hija.
—No abras la puerta por ningún motivo.