Pero si Ricardo me había humillado con dos millones, jamás me habría dado sesenta. Y Mateo, un niño de doce años, no podía tener esa cantidad sin haber descubierto algo terrible.
Volví al departamento y empecé a recordar. En los últimos meses, Mateo pasaba horas encerrado con su computadora. Cuando yo entraba con fruta o leche, cerraba pestañas de golpe. Yo pensé que eran tareas, juegos, cosas de niños. Ahora cada memoria parecía una advertencia que no supe leer.
También recordé a Ricardo hablando en su estudio, colgando al verme entrar, irritándose por cualquier pregunta. Su empresa de inversiones en Santa Fe siempre me pareció lejana, llena de palabras como “capital extranjero”, “fondos privados” y “vehículos financieros”. Cuando yo preguntaba, él respondía:
—Tú no entiendes de negocios.
Por primera vez quise entender.
Busqué información, notas, registros, socios. Todo se veía elegante, pero vacío. Mucho dinero entrando y saliendo, muchos proyectos anunciados, pocos resultados reales. Me dio miedo.
No podía ir a la policía con una tarjeta y sospechas. Tampoco podía preguntarle a los amigos de Ricardo; todos eran parte de su mundo. Así que busqué a un investigador privado. Encontré a don Julián Arriaga, un exagente ministerial que atendía en una oficina vieja cerca de Balderas.
Le conté todo: el divorcio, el aeropuerto, la tarjeta, los cambios de Mateo.
Don Julián escuchó sin interrumpir. Al final dijo:
—Señora Lucía, si esto es lo que parece, su exesposo no está solo. Y su hijo vio algo que no debía.
Esa frase me persiguió días enteros.
Poco después encontré en una caja de mi antiguo cuarto un cuaderno azul de Mateo. No era un diario. Había iniciales, fechas, cantidades, nombres de empresas. En la última página escribió:
“Si mamá lee esto, es porque ya se salió de control.”
Me senté en la cama y lloré sin ruido.
Esa misma noche recibí un correo sin remitente: “Por el bien de tu hijo, deja de investigar.”
Entonces confirmé que alguien me vigilaba.
Don Julián dejó de contestar por seguridad, pero antes me dio un nombre: don Ernesto Robles, antiguo comandante y amigo de mi padre. Me reuní con él en una cafetería cerca de una terminal de autobuses. Le mostré el cuaderno y los mensajes.
Don Ernesto apretó la mandíbula.