—Sebastián, ¿quieres que viole las reglas de tu madre? Porque si cocino, tengo que probar. Si pruebo, como antes que ella. Si sirvo, toco su comida. ¿Quieres que sea una nuera irrespetuosa desde la primera semana?
Él no respondió. Doña Rebeca apretó los labios, furiosa porque su propia lógica se le estaba regresando como boomerang.
Esa noche, al volver del trabajo, encontré a mi suegra cenando sopa instantánea. El olor artificial llenaba la cocina. Sebastián había comprado tacos, pero Doña Rebeca se negó a comerlos porque “una señora de su categoría no cenaba parada en la banqueta”.
—¿Te parece bonito? —me reclamó—. ¿Ver a una mujer mayor comiendo porquerías mientras tú seguramente te das tus lujos?
—Ay, Doña Rebeca —dije con sincera preocupación fingida—. ¿Por qué no le pidió a Sebastián que le preparara algo? Él también vive aquí.
Mi esposo me miró incómodo.
—Yo no sé cocinar.
—Entonces es buen momento para aprender —contesté.
Subí a cambiarme. Media hora después llegó mi pedido: salmón al ajo, ensalada de aguacate y pan artesanal. Lo coloqué en una esquina de la barra, lejos de la mesa principal. Me quedé de pie, tal como exigía la tradición, y empecé a cenar.
Doña Rebeca apareció en la entrada de la cocina. Sus ojos se clavaron en mi plato.
—¿Compras comida cara solo para ti?
—Con mi salario, sí. Y no me atrevo a ofrecerle, porque sería comida de alguien de menor rango. No quisiera ofender su dignidad.
Sebastián bajó la mirada. Por primera vez, no parecía molesto conmigo, sino avergonzado.
El verdadero giro llegó el domingo.
Doña Rebeca me citó en la sala con el cuaderno negro sobre las piernas.
—El próximo sábado será el aniversario luctuoso de mi esposo. Vendrá toda la familia. Este año tú prepararás la comida para que todos vean qué clase de nuera tenemos.
Entendí al instante. Quería exhibirme. Si cocinaba, ella presumiría que me había domesticado. Si me negaba, me llamaría floja frente a todos.
Sonreí.
—Claro, Doña Rebeca. Haré que ese día sea inolvidable.
Durante toda la semana no compré ni carne, ni arroz, ni verduras. Solo llevé flores blancas y veladoras para el altar.
La noche anterior, al ver el refrigerador vacío, mi suegra perdió el color.
—¿Dónde está la comida?
La miré con calma.
—Mañana entenderá. Será una demostración perfecta de respeto familiar.
Y cuando los invitados llegaron al día siguiente, la verdad estaba a punto de estallar frente a todos…
PARTE 3
A las ocho de la mañana, la casa de Doña Rebeca estaba llena de voces.
Los tíos, las primas, los sobrinos y algunas vecinas cercanas habían llegado vestidos de negro, como cada año, para recordar a Don Arturo Salazar, el patriarca de la familia. En la sala había un retrato suyo con un moño blanco, flores, veladoras y una mesa pequeña con café, té y pan dulce.
Doña Rebeca caminaba entre los invitados como reina de ceremonia, con vestido lila oscuro, collar de perlas y una sonrisa que intentaba ocultar el nerviosismo.