Se echó a reír, pero la risa se convirtió en una tos. Le cogí la mano hasta que se le pasó.
***
Algunas noches, Eleanor no podía dormir, y nos sentábamos en la cocina con la luz de la lámpara baja. Me contaba cómo fue el día de su boda, me hablaba de un chico con el que casi se casó antes que con el padre de Dean, y de aquella vez que perdió un bebé del que nadie en la familia hablaba nunca.
“Aprendí de la mejor”.
“Eres la única a la que le cuento estas cosas”, me dijo una vez mi suegra.
“¿Por qué a mí?”, le pregunté con curiosidad.
“Porque tú te quedas”.
***
Dean dejó de quedarse mucho antes de que me diera cuenta.
Las noches en la oficina se alargaban cada vez más. Los platos de la cena se enfriaban en la encimera. Nuestro aniversario pasó sin una tarjeta, y cuando lo mencioné a la mañana siguiente, me miró como si hubiera hablado un idioma que no reconocía.
Dean dejó de quedarse.
“He estado hasta arriba de trabajo, Claire. Ya lo sabes”, dijo mi esposo.
“Lo sé”, respondí, sintiéndome molesta.
“No le des más importancia”.
“No lo estoy haciendo”.
Pero sí que lo estaba haciendo. En silencio, en lo más profundo de mi pecho, lo estaba convirtiendo en algo que no quería afrontar. Me decía a mí misma que él estaba pasando por un duelo anticipado y que ver cómo su madre se iba apagando poco a poco lo estaba destrozando de una forma que no podía expresar en voz alta.
Me inventaba excusas igual que antes hacía listas de la compra. Con facilidad y a diario.
“No le des más importancia”.
***
Pasaron cinco años más en los que cociné para Eleanor, la ayudé a caminar y me senté a su lado mientras pasaba por el dolor, la confusión y las largas noches sin dormir.
En algún momento de ese camino, se convirtió en una de las personas más cercanas de mi vida.
***
Una tarde, mi suegra me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente. Tenía la mirada clara, como no la había tenido en semanas.
“Claire. Escúchame”.
“Sí, mamá, aquí estoy”.
“Has dado más de lo que nadie sabe. Más de lo que sabe mi propio hijo”.
Se convirtió en una de las personas más cercanas de mi vida.
“Eleanor, por favor, no hables así”, le respondí, con las lágrimas en los ojos.
“No dejaré que todo esto haya sido en vano. ¿Me entiendes?”, concluyó.
No lo entendía. La verdad es que no.