—Revisaré los respaldos.
Pero Julián, desconfiado, buscó también.
Revisó teléfonos viejos, correos archivados y una computadora que Mauricio decía que ya no servía.
Lo que encontró no fue solo un número.
Fue una carpeta oculta.
Había mensajes de Isabel enviados durante meses después de irse.
“Rodrigo, necesito saber si comiste.”
“No quiero dinero. Quiero hablar contigo.”
“Mauricio me dijo que no deseas escuchar mi voz. ¿Es cierto?”
“Me duele que hayas ordenado que no me dejen entrar.”
Rodrigo escuchó cada mensaje con la mandíbula apretada.
Luego apareció otro, de hacía 2 años.
“Mauricio, entrégale esto a Rodrigo. Ya no busco volver. Solo necesito que sepa que lo perdoné.”
El despacho quedó helado.
—¿Él recibió esto? —preguntó Rodrigo.
Julián contestó con la voz rota:
—Sí, señor.
Pero aquello era apenas la punta.
En la misma computadora encontraron facturas falsas de mantenimiento, pagos duplicados a empresas fantasma, transferencias a una cuenta ligada al hermano de Mauricio y descuentos injustificados al personal doméstico.
Durante años, Mauricio había robado.
Y para robar tranquilo, había mantenido a Rodrigo encerrado en su tristeza.
También había rechazado cartas de empleados que pedían ayuda.
Una de ellas era de Marisol.
Semanas antes, ella había solicitado un adelanto porque Valentina tuvo fiebre y terminó en urgencias.
Mauricio no solo lo negó.
Le descontó 3 días de sueldo.
Rodrigo se puso de pie con dificultad.
—Tráiganlo.
Mauricio entró al despacho todavía con su soberbia puesta.
Pero sus dedos temblaban.
—Don Rodrigo, todo esto puede explicarse.
—Entonces empieza por Isabel.
Mauricio palideció.
—La señora lo lastimaba. Usted se alteraba cada vez que mencionaban su nombre. Yo solo protegí su estabilidad.
—Mentira.