PARTE 1
Julián Arriaga regresó a su mansión en Bosques de las Lomas 2 días antes de lo previsto.
Venía de Guadalajara, con el saco arrugado, el celular explotando de mensajes y la paciencia hecha trizas por una negociación que se había caído en el último minuto.
Nadie lo esperaba.
Ni la jefa de enfermeras.
Ni el chofer.
Ni su prometida, Bárbara.
Ni doña Mercedes, su madre, una mujer de 68 años que llevaba 9 meses peleando contra un cáncer que le había quitado el apetito, el cabello y hasta esa risa fuerte con la que antes mandaba en toda la casa.
Julián entró sin avisar.
Y lo primero que notó fue el olor.
No olía a clínica privada.
No olía a medicinas caras.
No olía a flores elegantes, de esas que llegan con tarjeta y cero corazón.
Olía a caldito de pollo.
A canela.
A hogar.
Frunció el ceño y caminó hacia la recámara de su madre.
La puerta estaba entreabierta.
Iba a empujarla, pero se quedó inmóvil.
Doña Mercedes estaba sentada junto a la ventana, envuelta en un rebozo azul marino. Sus manos temblaban sobre sus piernas flacas.
Frente a ella, arrodillada, estaba Marisol, la muchacha de limpieza.
Tenía 25 años, venía de Nezahualcóyotl y llevaba apenas 7 meses trabajando en la casa.
Para Julián, Marisol era casi invisible.
La veía pasar con cubetas, trapos, bolsas de basura.
Nunca le había preguntado si tenía familia.
Nunca había recordado su apellido.
Pero esa tarde no estaba limpiando.
Marisol sostenía una rasuradora y le quitaba con muchísimo cuidado los últimos mechones de cabello a doña Mercedes.
Lloraba en silencio.
No era un llanto dramático.
Era un llanto chiquito, de esos que salen cuando alguien acompaña un dolor que no le pertenece, pero lo carga como si sí.
Doña Mercedes le apretó la mano.
—No quiero verme todavía, mi niña —susurró.
—No se vea, doña Meche. Primero le pongo su turbante bonito, el de flores. Va a quedar bien guapa, ya verá.
Julián sintió un golpe en el pecho.