Literalmente le supliqué de rodillas a mi esposo que me llevara a urgencias porque estaba por dar a luz, pero él me llamó dramática y se fue a celebrar el cumpleaños de su madre. Dos días después, volvió sonriendo, seguro de que cargaría a su bebé recién nacida. Pero en la entrada de la casa lo esperaban camionetas militares, soldados armados y una verdad que jamás imaginó.

—Eso es imposible.

—Muchas cosas parecen imposibles cuando uno nunca se toma la molestia de conocer a la mujer que duerme a su lado.

La frase lo dejó sin aire.

Pensó en las noches en que Camila despertaba sobresaltada. En el cajón cerrado de su estudio. En las cicatrices pequeñas que ella nunca explicaba. En cómo elegía siempre mesas cerca de la salida en los restaurantes.

Él la llamaba intensa.

Dramática.

Rara.

Nunca preguntó qué había sobrevivido.

La mujer del traje abrió otra carpeta.

—La operación clasificada comenzó hace 6 años. Objetivo: una red de empresas fachada vinculadas a contratos de seguridad, lavado de dinero y desvío de recursos públicos.

Diego se puso rígido.

La empresa de su familia, Grupo Armenta, llevaba décadas creciendo con contratos privados, fundaciones benéficas y relaciones políticas.

—Yo no sé nada de eso.

—Entonces no tendrá problema en responder preguntas —dijo ella.

—Quiero un abogado.

—Lo va a necesitar.

Diego miró al general.

—Esto es por lo que le pasó a Camila. Usted está vengándose.

—No —respondió Sandoval—. Lo que le pasó a Camila nos obligó a reabrir un expediente que ella había pausado por su embarazo.

Diego tragó saliva.

—¿Ella me investigaba?

—Al principio, sí.

—¿Al principio?

El general abrió una página y se la mostró.

Allí estaba su nombre.

DIEGO ARMENTA.

Debajo, un sello rojo:

SUJETO IDENTIFICADO.

Diego negó con la cabeza.

—No. Ella me amaba.

—Lo amaba —dijo el general, y por primera vez su voz se quebró un poco—. Ese fue el problema.

La mujer del traje continuó:

—Antes de retirarse temporalmente, Camila presentó un informe final. Escribió que usted quizá no comprendía la red criminal de su familia. Solicitó separar su nombre de la acusación principal hasta tener más pruebas.

Diego sintió que el suelo se abría.

Camila lo había protegido.

Incluso mientras él se quejaba de sus citas médicas. Incluso mientras él dejaba que su madre la humillara.

—No sabía —murmuró.

El general apretó la carpeta.

—Parece ser lo único que sabe decir.

En ese momento, un capitán salió de la casa con una tablet.

—General. Llamaron del hospital.

Sandoval giró de inmediato.

—¿Qué pasó?

El capitán dudó.

Y ese silencio hizo que Diego dejara de respirar.

—La teniente coronel despertó.

El rostro del general cambió por primera vez. Dolor, alivio, miedo. Todo junto.

—¿Mi hija habló?