—La doctora se lo explicó.
Diego abrió la boca, pero no encontró defensa.
—Le dijo que el embarazo era de alto riesgo. Le dijo que un sangrado podía matarlas a las dos. Camila le rogó que la llevara al hospital. Usted se fue.
El aire le pesó en los pulmones.
—¿Está viva?
El general tardó un segundo en responder. Ese segundo destruyó algo dentro de Diego.
—Sí. Apenas.
Diego soltó el aire.
—¿Y la bebé?
La mandíbula del general se endureció.
—Nació por cesárea de emergencia. Está viva.
Diego cerró los ojos, aliviado de una forma cobarde.
Entonces el general agregó:
—Pero está en terapia neonatal. Dejó de respirar dos veces anoche.
Diego se apoyó en su coche.
Recordó a Camila pálida, doblada de dolor, susurrando: “Nuestra hija puede estar en peligro”. Recordó su propia risa. Recordó haber dicho que podía esperar.
—Necesito verlas —dijo—. Soy su esposo.
—No.
Diego levantó la cara.
—¿Cómo que no?
—No se acercará a mi hija ni a mi nieta hasta que Camila despierte y decida si quiere verlo.
—Esa niña también es mía.
—Esa niña casi se queda sin madre por culpa de usted.
Diego quiso avanzar, pero dos elementos de la Guardia Nacional se movieron apenas. Fue suficiente.
—Esto es abuso de poder —dijo, desesperado—. No cometí ningún delito.
El general lo miró con frialdad.
—La Fiscalía abrió una carpeta por omisión de auxilio y violencia familiar. La llamada al 911 está grabada. En ella, Camila dice claramente que usted se negó a ayudarla.
Diego sintió un golpe invisible en el estómago.
La grabación.
La voz de Camila había quedado atrapada en el peor momento de su vida.
—Solo fueron unas horas.
—Fueron 46 horas —corrigió el general—. No contestó llamadas. No llamó al hospital. No volvió a casa. Se quedó en la residencia de su madre.
Diego bajó la mirada.
Rebeca le había quitado el teléfono durante la cena.
—Hoy no hay distracciones, mi amor —le dijo, guardándolo en su bolso—. Esa muchacha siempre exagera.
Diego le creyó porque era más cómodo ser hijo obediente que esposo responsable.
—Mi mamá no sabía…
El general lo interrumpió.
—Su madre recibió 3 llamadas del hospital.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Una enfermera llamó a los contactos de emergencia. Rebeca Armenta contestó. Dijo que usted no estaba disponible y que Camila tenía historial de exagerar síntomas para llamar la atención.
Diego sintió frío.
—Ella no haría eso.
—Lo hizo.
Antes de que pudiera responder, una mujer de traje oscuro salió de la casa con una carpeta.
—General, ya tenemos confirmación.
Sandoval tomó los documentos. Leyó la primera página y luego miró a Diego.
—Teniente coronel Camila Mendoza Sandoval. 12 años de servicio.
Diego soltó una risa nerviosa.
—Camila no es militar.
—Camila ha servido a este país desde antes de conocerlo.