La recepcionista quiso sacar a una niña empapada que cargaba a su bebé y decía: “Solo necesito trabajar por leche”. El director la escuchó, se quitó el abrigo y pidió revisar las cámaras, pero lo que apareció en una lista escrita con crayón dejó a todos helados.

Marisol notó un papel doblado en el bolsillo del suéter.

—¿Qué traes ahí?

Camila lo cubrió con la mano. Dudó. Pero aquellos adultos habían dado leche a Renata, y eso, para ella, merecía una parte de verdad.

Sacó la hoja.

Era una lista escrita con lápiz y colores: “Dar leche. Cambiar pañal. No hacer ruido. Limpiar mesa. Buscar latas. No enojar a Sandra. No llorar.”

Alejandro leyó la última línea 3 veces.

—¿Tú hiciste esto?

—Para no equivocarme.

—¿Y qué pasa si te equivocas?

Camila lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—No me equivoco.

Marisol salió de la sala para llamar a una pediatra conocida que atendía en una clínica cercana. Alejandro se quedó junto a la ventana, con las manos en los bolsillos, sintiendo una rabia fría y torpe. Había firmado contratos de millones sin temblar, pero una lista infantil escrita con lápiz lo estaba desarmando.

Cuando la doctora Jimena llegó, revisó a Renata con cuidado. La bebé no estaba en peligro inmediato, dijo primero, mirando a Camila para que respirara. Pero estaba baja de peso, con rozaduras, retraso en vacunas y señales claras de abandono.

Después, Jimena miró a Alejandro.

—Tengo que reportarlo al DIF y a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Soy médica. No es opcional.

Camila escuchó “DIF” y se puso blanca.

—No —susurró—. Sandra dijo que si alguien se enteraba, Renata se iba a una casa y yo a otra. Dijo que nunca me iban a decir dónde.

Renata dormía ya, con la boca manchada de leche.

Camila se enderezó, alisó su suéter mojado con las manos y habló como quien acepta una deuda.

—Mi hermanita ya comió. Ahora díganme qué cuarto limpio para que nos dejen quedarnos.

Alejandro dejó caer la pluma que tenía en la mano.

El golpe contra la mesa sonó demasiado fuerte.

Y antes de que alguien pudiera responderle, Sandra apareció en el vestíbulo gritando que le devolvieran a “sus niñas”.

PARTE 3

Sandra Reyes entró a la sala de juntas como si la ofensa fuera de ella.

Tenía el cabello teñido de rubio cobrizo, las uñas largas, una chamarra de imitación de piel empapada por la lluvia y un bolso barato que golpeó contra la silla al sentarse. No saludó a Camila. No miró a Renata. Lo primero que hizo fue apuntar con el dedo a Alejandro.

—¿Usted quién se cree para traer niñas ajenas a su edificio? Me las secuestraron. Voy a llamar a la policía.

Camila se había quedado inmóvil.

Esa inmovilidad fue lo que terminó de convencer a Alejandro. Una niña asustada corre hacia quien la cuida. Camila no corrió. Se puso junto al sillón donde Renata dormía y se quedó ahí, como una puerta pequeña bloqueando la entrada a un incendio.

Marisol cerró la carpeta con la lista de lápiz adentro.

—Señora Sandra, necesitamos aclarar algunas cosas.

—No me diga señora. Yo soy su familia. Soy prima de su mamá. Si no fuera por mí, esas niñas estarían en la calle.

—¿Tiene custodia legal?

Sandra soltó una risa seca.

—Ay, por favor. En México la familia se ayuda sin tanto papel.

Alejandro habló por primera vez.

—¿Cuándo fue la última vez que Renata fue al pediatra?

Sandra lo miró con desprecio.

—No tengo por qué contestarle.

—¿Qué fórmula toma?

—La normal.