Humilló a su nuera “pobre”… sin saber quién era su verdadero padre.

Algunos invitados bajaron la vista. Otros grababan con sus teléfonos, hambrientos de escándalo.

Andrés y Regina apenas habían avanzado hacia la salida cuando Beatriz soltó un grito.

—¡Mi broche!

Todos se volvieron.

Beatriz se tocaba el pecho con las manos temblorosas.

—El colibrí de mi abuela no está.

Buscó en su chal, en su bolso, sobre la mesa. Luego levantó lentamente la mirada hacia Regina.

—Hace unos minutos estuviste junto a mí.

Regina entendió antes de que alguien pronunciara la acusación.

—No estará insinuando eso.

Beatriz señaló su bolso.

—Revísenla.

Andrés se interpuso.

—Ni se les ocurra.

Esteban levantó la mano y llamó al jefe de seguridad.

—Miguel, acompaña a mi nuera al estudio. Si no tiene nada que ocultar, no tendrá problema.

Regina miró alrededor. Nadie la defendió. Ni los empresarios que le habían sonreído, ni las señoras que habían aceptado su saludo, ni los consejeros que sabían que aquello era una humillación.

Con la voz apenas firme, entregó su bolso.

—Revíselo aquí. Frente a todos. Ya que aquí decidieron manchar mi nombre.

Miguel abrió el bolso con incomodidad. Sacó una cartera, unas llaves, un teléfono, pañuelos, una libreta pequeña y un rosario de madera.

Nada más.

El broche no apareció.

Andrés respiró con rabia contenida.

—Ahora discúlpense.

Pero Esteban, en lugar de avergonzarse, miró a Regina con desprecio.

—Que no aparezca no significa que seas inocente. Solo significa que eres cuidadosa.

Entonces Beatriz dio un paso más y soltó la frase que hizo que Regina se quedara completamente pálida.

—Tal vez deberíamos revisar también su coche. La gente como ella siempre esconde algo.

Y mientras los invitados murmuraban, Regina recibió un mensaje en su celular que solo decía: “Ya llegué. Estoy entrando.”

Parte 2