—No. Ya me cansé de taparte tus mentiras.
Mariana sintió que el piso se movía.
Doña Teresa se volvió hacia ella, con pena en los ojos.
—Mija, desde hace 2 años yo deposito casi toda la renta de este departamento. Diego no gana lo que te dijo. También he pagado la mitad del coche y varias tarjetas que él escondió. Yo pensé que lo ayudaba a mantener tranquila a su familia, no a sentirse rey de un castillo que ni siquiera puede pagar.
Mariana se quedó sin aire.
Durante semanas Diego le había repetido:
“Yo pago la renta.”
“Yo mantengo esta casa.”
“Yo necesito descansar porque yo trabajo.”
Y todo era mentira.
No era un proveedor agotado.
Era un hombre usando dinero ajeno para humillarla.
—Eso no tiene nada que ver —dijo Diego, subiendo la voz—. Yo sí trabajo. Yo sí me parto la madre.
—Y ella se está partiendo el cuerpo cargando a tu hija —respondió doña Teresa—. ¿O eso no cuenta porque no trae recibo de nómina?
Diego volteó hacia Mariana.
—¿Ves lo que provocas? Por andar de chillona.
Doña Teresa dio un paso al frente.
—A ella no le vuelves a hablar así.
En ese momento tocaron la puerta.
Diego se quedó congelado.
Doña Teresa abrió.
Afuera estaban Lucía, la hermana de Diego, con el cabello recogido a medias, y tío Ramiro, hermano de doña Teresa, todavía con chamarra encima del pijama.
Detrás venía la vecina del 2B, doña Chayo, cargando una cobija gruesa.
Mariana se tapó la cara de vergüenza.
—No, mija —dijo doña Chayo—. La que debería tener vergüenza no eres tú.
Diego explotó.
—¡Esto es una pinche emboscada!
—No, güey —dijo Lucía, con los ojos llenos de rabia—. Emboscada fue mandar a tu esposa embarazada a dormir en un coche y luego hacerte el dormido.
Diego miró a su madre.
—¿A quién más le hablaste?
Doña Teresa sacó su celular.
—A nadie importante todavía.
Pero entonces sonó el teléfono de Diego.
En la pantalla apareció: “Lic. Paredes”.
Su jefe.
Diego miró a su mamá con terror.
—¿Qué hiciste?
—Le mandé mensaje cuando venía de regreso. Solo le pregunté si sabía que su empleado tan responsable estaba obligando a su esposa de 34 semanas a dormir en un coche porque él necesitaba “rendir en el trabajo”.
Diego no contestó.
El teléfono siguió vibrando sobre la mesa.
Mariana no sabía si sentirse vengada o destruida.
Porque nada de eso borraba las noches en el estacionamiento.
Nada borraba el miedo de escuchar pasos cerca del coche.
Ni el dolor de bajar escaleras con la panza dura.
Ni la humillación de esperar un mensaje para volver a entrar a su hogar.
Diego se sentó en una silla, derrotado.
—Solo estaba cansado —murmuró.
Doña Teresa soltó una risa triste.
—Todos estamos cansados, hijo. Tu papá murió trabajando 12 horas diarias y jamás me dejó durmiendo en la calle. No uses el cansancio como permiso para ser cruel.
Mariana sintió que las lágrimas le corrían sin ruido.
Lucía se acercó y la abrazó.
—Vente a mi casa, Mari. Hoy mismo. No tienes por qué quedarte aquí.
Diego levantó la cabeza rápido.
—No. Ella no se va.
Por primera vez en semanas, Mariana habló con voz clara.
—No me digas qué hago.
Todos voltearon a verla.
Hasta ella se sorprendió.
La bebé pateó otra vez, fuerte, como un aplauso desde adentro.
—Durante semanas me hiciste sentir como una carga —continuó Mariana—. Me hiciste creer que yo exageraba, que mi dolor te estorbaba, que tenía que ganarme el derecho a dormir bajo un techo. Y lo peor es que te creí.
Diego abrió la boca, pero ella levantó una mano.
—No. Ahora me toca hablar a mí.
El departamento quedó en silencio.
—No sé si quiero divorciarme. No sé si quiero perdonarte. Ahorita ni siquiera sé si quiero mirarte. Pero sí sé algo: mi hija no va a nacer en una casa donde su mamá pide perdón por existir.
Doña Teresa se llevó una mano al pecho.
Diego empezó a llorar.
No con ese llanto bonito que convence a cualquiera.
Era un llanto torpe, feo, lleno de vergüenza.
—Perdóname, Mariana. Neta no pensé…
—Ese es el problema —dijo ella—. No pensaste en mí. Ni en ella.
Se tocó la panza.
Ahí terminó de romperse algo.
No solo entre ellos.