News La Llevó al Hospital Diciendo que Se Cayó… Sin Saber que el Médico de Guardia Era su Hermano

Dos enfermeras se miraron entre sí.

Un guardia se acercó a la puerta.

Santiago cambió de estrategia en segundos.

Su cara de esposo angustiado se volvió una máscara elegante, fría.

—Valeria tiene problemas de ansiedad —dijo—. A veces se confunde. Ha inventado cosas antes.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—¿Dónde está ese diagnóstico?

—Su psiquiatra lo tiene.

Valeria no tenía psiquiatra.

Santiago lo inventó porque pensó que una mujer inconsciente no podía defenderse.

Pero Valeria abrió los ojos.

Apenas podía respirar.

Cada movimiento le dolía como si le quemaran las costillas.

Aun así, susurró:

—Pregúntenle por la cámara de la cocina.

Santiago volteó tan rápido que casi perdió el equilibrio.

—¿Qué cámara?

Valeria no respondió.

No tenía fuerza.

Rodrigo le tomó la mano.

—Yo tengo los videos —dijo él.

Ahí se le borró el color a Santiago.

3 semanas antes, Valeria había cambiado un detector de humo por una cámara legal de seguridad, después de que Santiago la amenazó con un cuchillo cebollero durante una discusión.

El dispositivo grababa solo cuando detectaba gritos o movimientos bruscos.

Y todo se subía automáticamente a la cuenta segura de Rodrigo.

Santiago había encontrado la auditoría.

Pero jamás encontró la cámara.

—Eres una traidora —escupió él, olvidando que había policías entrando.

Intentó acercarse a la camilla.

No llegó ni a 2 pasos.

Seguridad lo estrelló contra la pared y una oficial le sujetó las manos.

—Vuelva a decirle algo y le agrego amenazas en este momento —advirtió ella.

Santiago, por primera vez en años, se quedó callado.

Mientras lo esposaban, Rodrigo ordenó estudios completos.

Valeria tenía 2 costillas fisuradas, una conmoción leve, golpes antiguos en diferentes etapas de curación y marcas compatibles con estrangulamiento.

Nada de eso podía explicarse con una caída en la regadera.

A medianoche llegó Daniela Murillo, la abogada de Valeria.

Venía con jeans, blazer negro y una carpeta tan gruesa que parecía sentencia.

Santiago, esposado en una silla cerca del módulo de seguridad, la vio entrar.

—Daniela, qué bueno que llegas —dijo, intentando sonreír—. Explícale a esta gente que mi esposa está alterada.

Daniela ni siquiera lo saludó.

Entró al consultorio privado con Rodrigo, Valeria y la oficial.

Sobre la mesa puso 3 carpetas.

La primera tenía reportes médicos.

La segunda, estados de cuenta.

La tercera, los acuerdos societarios que Santiago había firmado sin leer porque creyó que Valeria era solo “la esposa”.

—El fideicomiso de tu papá controla el 51% de Grupo Ibarra —le recordó Daniela a Valeria—. Y la cláusula de conducta permite remover de inmediato a cualquier directivo involucrado en violencia, fraude o intento de ocultamiento.

Valeria cerró los ojos.

No por miedo.

Por cansancio.

Santiago no la había atacado solo porque ella quisiera divorciarse.

La había atacado porque la auditoría iba a revelar algo peor.

Durante 2 años, Santiago había desviado dinero de la constructora hacia proveedores falsos creados a nombre de su madre, Doña Teresa.

Empresas que supuestamente vendían cemento, varilla y maquinaria.

Pero no entregaban nada.

Solo facturas infladas.