“¿Quién?”
“Catalina.”
En ese momento, la asistente de Daniel apareció con un teléfono del avión.
“Señor Aranda… su madre está en línea. Dice que es urgente.”
Daniel no tomó el teléfono.
“Ponlo en altavoz.”
La voz elegante de Catalina llenó el espacio.
“Daniel, no hagas escándalos. Esa gente quiere aprovecharse de ti.”
Renata se encogió.
Daniel miró el sobre abierto.
“¿Sabías que Renata era mi hija?”
Hubo un silencio demasiado largo.
Luego Catalina suspiró.
“Yo sabía que esa criatura traería desgracia.”
Alguien soltó un “no manches” bajito.
Catalina siguió.
“Tú eras joven. Tenías futuro. Elena era buena, sí, pero débil. Su familia era un lastre. Yo hice lo que cualquier madre con visión hubiera hecho.”
Teresa se cubrió la boca.
Renata dejó escapar un sollozo.
Daniel habló tan bajo que todos callaron.
“Mandaste desaparecer a mi hija.”
“Te salvé la vida.”
“No. Me robaste 16 años.”
Catalina endureció la voz.
“En Madrid ya hay policías esperando. Denuncié a Teresa por extorsión y por acercarse a tu bebé. Si no me obedeces, esa niña va a terminar en custodia antes de tocar el aeropuerto.”
Renata abrazó más fuerte a Sofía.
Ahí Daniel entendió el verdadero horror.
Catalina no solo quería ocultar el pasado.
Quería borrar a Renata otra vez.
Primero como bebé.
Ahora como testigo.
La sobrecargo confirmó, tensa:
“Señor Aranda, el capitán recibió aviso. Autoridades estarán al desembarcar.”
Daniel tomó a Sofía de los brazos de Renata.
La bebé protestó, pero él la sostuvo como la muchacha le había enseñado.
Luego miró a Renata.
“No te voy a pedir que me llames papá. No te voy a pedir que me perdones. Ni siquiera que confíes en mí.”
Renata alzó la cara, llena de lágrimas.
“Entonces, ¿qué va a hacer?”
Daniel miró el teléfono.
“Lo que debí hacer hace 16 años.”
Colgó.
Después llamó a su abogado, a seguridad y a la embajada mexicana.
Pero no habló como empresario.
Habló como padre.