Teresa sacó de su bolsa una cajita musical de plata, rayada por los años.
La abrió.
La misma melodía que Renata había tarareado llenó el aire.
Sofía dejó de moverse.
Daniel se quedó blanco.
Esa cajita era de Elena.
Él se la había comprado en Taxco, cuando todavía no eran nadie.
“¿De dónde sacó eso?” preguntó.
Renata respondió con la voz rota.
“Era de mi mamá.”
Daniel la miró sin entender.
“¿Tu mamá?”
“Elena Robles.”
El avión pareció hundirse bajo sus pies.
“No. Elena solo tuvo a Sofía.”
Teresa lo miró con una tristeza antigua.
“Eso fue lo que te dejaron creer.”
Daniel apretó los puños.
“Hace 16 años Elena perdió un embarazo. Yo estuve en el hospital.”
“Estuviste en una sala equivocada, con un médico comprado y un acta falsa.”
Renata empezó a llorar en silencio.
Teresa sacó un sobre amarillo y lo puso sobre la mesa.
“Tu madre nos amenazó. A Elena le dijeron que la bebé nació muerta. A ti te dijeron que Elena no quería verte y que había perdido al bebé. A mí me dieron a la niña en secreto, con documentos falsos, porque una enfermera no pudo vivir con la culpa.”
Daniel abrió el sobre con manos torpes.
Había expediente médico, constancia de nacimiento, fotos de Elena joven sosteniendo a una recién nacida y una prueba de ADN privada.
Nombre de la menor: Renata Robles Aranda.
Madre: Elena Robles.
Padre probable: Daniel Aranda.
99.98%.
Daniel sintió que el aire desaparecía.
Miró a Renata.
Los ojos.
El mentón.
La forma de apretar los labios cuando intentaba ser fuerte.
Era Elena.
Y también era él.
“¿Por qué nunca vinieron?” preguntó, aunque sonó como reclamo de niño herido.
Teresa lo fulminó.
“Fuimos 3 veces. Tus guardias nos sacaron. Tus abogados dijeron que me acusarían de secuestro. Elena estaba destrozada por creer que su hija había muerto. Cuando años después volvió contigo, tu madre le juró que si hablaba, te iba a destruir a ti y a la niña.”
Daniel recordó a Elena llorando frente a una cuna vacía.
Recordó una frase que nunca entendió:
“Hay dolores que no tienen tumba.”
Nunca imaginó que hablaba de una hija viva.
Renata susurró:
“Yo no vine por dinero.”
Daniel levantó la mirada.
“Vine por una entrevista en Madrid. Un instituto de matemáticas me invitó. No sabía que usted venía en este vuelo.”
“Ella sí lo sabía”, dijo Teresa.