—Tenemos 4.8% de las acciones de Ferrer —informó Mariana Soto, su directora financiera—. Con otro 0.2%, el movimiento será público.
Renata firmó la orden.
—Cómprelo.
—Eso va a causar pánico.
—No. El pánico ya estaba ahí. Nosotros solo vamos a encender la luz.
Esa tarde, Renata apareció en la casa de los Ferrer.
Elvira abrió la puerta con una sonrisa tensa.
—Hija, qué bueno que viniste. Todo se salió de control por una confusión.
Renata puso una invitación sobre la mesa.
—No vine a hablar de Julián.
—Entonces, ¿a qué viniste?
—A invitarlos a la presentación oficial de Alcázar Capital.
Elvira leyó la dirección y perdió el color.
—¿La torre frente a nuestras oficinas?
—Esa misma.
—¿La compraste?
—Sí. Desde ahí se ven muy bien sus deudas.
Ernesto salió del despacho con el rostro desencajado.
—Renata, podemos arreglar esto como familia.
Ella lo miró con calma.
—Durante 5 años fui familia cuando necesitaron dinero, médicos o abogados. Pero cuando su esposa me humillaba, yo era “la arrimada”.
Elvira apretó los labios.
—No sabíamos quién eras.
—Ese es precisamente el problema. Creyeron que podían maltratarme porque pensaban que no era nadie.
Antes de irse, Renata dejó una carpeta frente a Ernesto.
Contenía transferencias irregulares y pagos a una empresa fantasma de Cancún.
—Mañana hablaremos de esto —dijo—. O quizá primero hable la fiscalía.
Desde una ventana del segundo piso, Valeria la observaba.
Una hora después, el celular de Renata sonó.
—Rena, soy Valeria. Quiero aclarar las cosas.
—Te escucho.
—Julián estaba en shock. Yo solo lo abracé porque crecimos juntos. Él me quiere como a una hermana.
Renata abrió otra carpeta.
—¿También como hermana te pagaba el departamen