Mi padre caminó hasta quedar frente a Alejandro.
—Te di siete años para demostrar que amabas a mi hija.
Alejandro bajó la mirada.
—Y acabas de demostrar exactamente lo contrario.
El silencio era absoluto.
Los invitados comenzaron a sacar sus teléfonos.
Mi padre giró hacia el notario.
—Adelante.
El hombre abrió un portafolio de cuero y colocó varios documentos sobre la mesa principal.
—Hace tres meses —dijo el notario— la señora Patricia Castillo y el señor Fernando Castillo solicitaron varios préstamos utilizando como garantía propiedades que… legalmente no les pertenecían.
Los rostros de mis suegros perdieron todo el color.
—¡Eso es mentira! —gritó Patricia.
El notario continuó sin inmutarse.
—También existen mensajes, correos electrónicos y grabaciones donde planean presionar a la señora Lucía Herrera para transferir su departamento y así cubrir una deuda superior a cuatrocientos millones de pesos.
El salón estalló en murmullos.
Yo miré a Alejandro.
No parecía sorprendido.
Parecía… derrotado.
Entonces comprendí la verdad.
Él siempre lo supo.
Había permitido que todo ocurriera.
Incluso la bofetada.
Mi padre volvió a hablar.
—Mi hija no era su nuera.
Era su plan de rescate financiero.
Fernando cayó de rodillas.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Por favor… podemos arreglar esto…
Mi padre negó lentamente.
—Ya tuvieron su oportunidad.
Los dos abogados dieron un paso al frente.
Uno de ellos entregó una carpeta a Alejandro.
—Señor Castillo, aquí están los documentos del divorcio y una demanda civil por daños, fraude y conspiración para apropiarse de bienes ajenos.
Alejandro abrió la carpeta con manos temblorosas.
No alcanzó a leer más de la primera página.
—Lucía… yo puedo explicarlo…
Lo miré fijamente.
Por primera vez en siete años…