Sus ojos siempre parecían perdidos y vacíos, como si mirara hacia ninguna parte. Verla así rompía el corazón de Richard una y otra vez. Su rostro ya no aparecía en portadas de revistas y su “imperio” podía sobrevivir perfectamente sin él. Lo único que le importaba era estar junto a Luna, aunque ella apenas pareciera notar su presencia.
Cada mañana seguía la misma rutina. Él mismo preparaba el desayuno de su hija, a pesar de tener cocineros y personal de sobra para hacerlo. Pero Luna apenas probaba la comida.
Luego venían los medicamentos. Muchísimos medicamentos recetados por uno de los mejores médicos privados, el Dr. Atticus Morrow, encargado del tratamiento de Luna.
Richard anotaba cada pequeño cambio en el comportamiento de su hija. Su cuaderno estaba lleno de observaciones que releía obsesivamente, esperando encontrar alguna señal que ayudara a salvarla.
Pero Luna casi no hablaba. Apenas asentía con la cabeza. Pasaba horas mirando por la ventana mientras su padre le contaba historias, promesas imposibles y cuentos inventados que creía que podrían gustarle. Sin embargo, la distancia entre ambos parecía crecer día tras día.
Hasta que llegó Julia Bennett.
Julia era una mujer marcada por la pérdida. Su bebé recién nacido había muerto, y desde entonces ella tampoco volvió a ser la misma. Cuando vio en el periódico el anuncio donde el señor Wakefield buscaba una ama de llaves para cuidar una gran casa y atender a una niña enferma, sintió algo imposible de explicar. Era como si la vida le ofreciera una segunda oportunidad para no ahogarse en su propio dolor.
Consiguió el trabajo.
Era tranquila, amable y discreta. Richard le explicó las reglas: mantener distancia, actuar con respeto y no hacer preguntas innecesarias.
Julia se instaló en una habitación al final de la mansión y durante los primeros días observó todo en silencio. Ordenaba habitaciones, ayudaba a las enfermeras, abría las cortinas, colocaba flores suaves y doblaba mantas cuidadosamente. Pero nunca se acercaba demasiado a Luna. Solo se detenía en la puerta y veía una soledad tan profunda que ninguna palabra podía aliviar.
Lo que más impactó a Julia no fue la piel pálida de la niña ni el cabello que apenas comenzaba a crecer nuevamente. Fue la ausencia detrás de sus ojos. Luna estaba allí físicamente, pero parecía perdida muy lejos. Y Julia conocía demasiado bien esa sensación.
Entonces decidió esperar.
Un día dejó una pequeña caja musical sobre la cama de Luna. Cuando sonó la melodía, la niña giró apenas la cabeza, mostrando por primera vez una mínima reacción.
Julia comenzó a leer cuentos desde el pasillo, sin presionarla.
Semanas después, Richard empezó a notar un cambio imposible de describir. Julia no hacía la casa más ruidosa, pero sí más cálida.
Una noche encontró a Luna abrazando la caja musical entre sus manos y agradeció a Julia aquel pequeño gesto que parecía tan importante para su hija.
Con el tiempo, Luna permitió que Julia le cepillara el cabello recién crecido. Y entonces ocurrió algo inesperado.
“Duele… no me toques, mamá.”
Julia se quedó paralizada.
Era la primera vez que escuchaba hablar a la niña.
Dejó el cepillo suavemente y solo respondió:
“Está bien. Pararemos.”
En los días siguientes comenzó a notar patrones extraños. Luna reaccionaba a las voces y a los pasos de las personas, girando la cabeza cuando alguien entraba. Pero Julia también descubrió algo preocupante: el estado de ánimo de Luna empeoraba después de tomar ciertos medicamentos.
Y un día, el Dr. Morrow olvidó accidentalmente una enorme carpeta médica en la habitación.
Julia intentó alcanzarlo, pero el médico ya se había marchado. Entonces la curiosidad pudo más que ella y comenzó a revisar los documentos.