PARTE 1
—Señor, con esa niña dormida y esas flores maltratadas, le conviene buscar un hotel más barato.
Alejandro Mendoza se quedó inmóvil frente al mostrador del Hotel Gran Reforma, en pleno Paseo de la Reforma, con su hija de 6 años dormida sobre el hombro y un ramo de rosas rojas apretado en la mano izquierda.
No respondió de inmediato.
No porque no hubiera entendido la humillación.
Sino porque Valentina apenas respiraba contra su cuello, agotada después de un vuelo retrasado desde Monterrey, y Alejandro había aprendido que cuando un hijo por fin se duerme después de llorar bajito por cansancio, uno se traga hasta el orgullo con tal de no despertarlo.
Llevaba una chamarra café de piel, gastada en los codos, una barba de 3 días y una mochila cruzada llena de galletas, una tablet descargada, una muda de ropa y el conejo de peluche que Valentina no soltaba desde que murió su mamá.
Las rosas las había comprado en el aeropuerto.
Al día siguiente se cumplían 3 años de la muerte de Mariana, su esposa.
Cada aniversario, Alejandro ponía flores en la sala y Valentina escogía el florero. Era una tradición pequeña, terca, de esas que sobreviven porque el dolor necesita algo sencillo donde sentarse.
—Tengo una reservación —dijo él en voz baja—. A nombre de Alejandro Mendoza.
La recepcionista, una mujer rubia de cabello perfectamente recogido y placa dorada con el nombre Patricia, lo miró de arriba abajo antes de tocar la computadora. A su lado, Karla, otra empleada con saco beige y sonrisa fría, cruzó los brazos.
Patricia tecleó apenas unos segundos.
—No aparece nada.
—Debe estar registrada por oficina corporativa —explicó Alejandro—. ¿Puede revisar otra pestaña?
Patricia suspiró.
—Señor, estamos llenos. Hay una cena empresarial en el salón principal y no tenemos habitaciones disponibles.
Alejandro acomodó con cuidado a Valentina. La niña murmuró algo, hundió la cara en su hombro y siguió dormida.
—Entiendo que estén ocupados —dijo él—, pero venimos de un vuelo largo. Mi hija necesita una cama. Si puede revisar un poco mejor, se lo agradecería.
Karla soltó una risa apenas audible.
—A veces la gente llega pensando que por insistir se va a abrir una suite de milagro.
Patricia no la corrigió.
—Puede intentar en un hotel de avenida Juárez —añadió—. Tal vez ahí encuentre algo.
Alejandro la miró con una calma que no era debilidad. Era contención.
Lo que ninguna de las 2 sabía era que él no era un huésped cualquiera.
El Hotel Gran Reforma era suyo.
Era una de las 7 propiedades del grupo hotelero que Alejandro había levantado durante 11 años, antes de que Mariana enfermara, antes de que Valentina aprendiera a preguntar por qué Dios no devolvía a las mamás.
Alejandro nunca avisaba cuando visitaba sus hoteles. Se vestía común, llegaba solo y observaba. Decía que los reportes enseñaban números, pero el trato a un desconocido enseñaba la verdad.
—¿Podría hablar con el gerente? —pidió.
Patricia endureció el rostro.
—El gerente está ocupado. No lo voy a interrumpir porque alguien no encontró su reservación.
Fue entonces cuando una mujer de unos 55 años salió por la puerta lateral de servicio cargando toallas limpias. Tenía el cabello oscuro con canas, recogido en una trenza sencilla, y usaba el chaleco guinda del personal de limpieza. Su placa decía: Lupita.
Lupita vio a Valentina dormida, vio las rosas dobladas, vio el cansancio en los hombros de Alejandro y luego vio la expresión de las recepcionistas.
Dejó las toallas sobre un carrito.
—Disculpe, señor —dijo con suavidad—. ¿Todo bien?
—Parece que mi reservación no aparece.
Lupita miró a Patricia.
—¿Revisaste el bloque corporativo?
Patricia apretó la mandíbula.
—Ya revisé.
—El secundario —insistió Lupita—. Las reservaciones ejecutivas a veces no salen en la primera búsqueda.
Karla rodó los ojos.
—Lupita, no es tu área.
Lupita no levantó la voz.
—No, pero un papá con una niña dormida sí es mi problema si lo tienen parado aquí.
Patricia, molesta, volvió a teclear. Pasaron 4 segundos.
Luego su rostro cambió.
—Aquí está —murmuró—. Suite 904. Reservación corporativa. Confirmada desde hace 2 semanas.
El silencio cayó pesado sobre el mostrador.
Alejandro no sonrió.