—Escúchame muy bien, Bruno —le dije, con un tono tan oscuro que él guardó silencio al instante—. No vuelvas a hablar de Mariana en tu pu*a vida. Ni de mi madre. Ni de mi rancho. Lávate la boca antes de mencionar a mi familia.
Bruno soltó una risita nerviosa.
—Ay, güey, bájale a tus humos. ¿Ahora te dio el ataque de humildad o qué? Era una broma.
—No es una broma. Me dio vergüenza. Vergüenza de haberme juntado tanto tiempo contigo y darme cuenta de que me estaba pareciendo a ti. Eres un asco de persona. Nuestra sociedad en la empresa termina hoy mismo. A las diez de la mañana mi abogado te va a buscar con los papeles para comprarte tu parte o para que tú me compres la mía, me vale m*dres cómo lo hagamos, pero yo no vuelvo a hacer negocios contigo.
El silencio de Bruno fue total.
—¿Me estás hablando en serio, Santiago? —dijo por fin, ya sin risas—. ¿Vas a romper un negocio de millones por un berrinche por una vieja que ni es de tu nivel?
—Lo rompo por respeto —le respondí, sintiendo que un peso enorme se me caía de los hombros—. Algo que tú, con todo tu dinero viejo, nunca en tu miserable vida vas a entender. Adiós.
Colgué y bloqueé su número.
Esa misma tarde, fui a una joyería y vendí el reloj de colección que me había comprado unos meses atrás, el que costaba lo mismo que tres casas y que solo había comprado para humillar a los otros socios en las juntas.
Me dieron una buena cantidad en efectivo. Con ese dinero, no me fui de fiesta ni compré otro carro. Fui a una constructora.
Comencé a arreglar la casa de Doña Mercedes de inmediato.
Y quiero dejar algo muy claro: no lo hice para que Mariana viera lo bueno que era y me perdonara. Para ese momento, ella me había bloqueado de WhatsApp, de Facebook, de Instagram y mis llamadas mandaban directo a buzón. Estaba desaparecida de mi vida.
Lo hice porque, literalmente, ya no podía conciliar el sueño en mi departamento de lujo en Andares, sintiendo el aire acondicionado, mientras recordaba que mi madre vivía entre goteras y corrientes de aire frío. La hoja de Mariana me había abierto los ojos a mi propia hipocresía.
Fui al rancho todos los fines de semana. Me ensucié las manos.
En un mes, los albañiles y yo quitamos todas las láminas viejas y el techo quedó nuevo, firme, a prueba de tormentas. En dos meses, el piso de tierra desapareció para siempre bajo una capa de concreto pulido y azulejo bonito.
En tres meses, la casa parecía otra. Mi madre tenía un baño completo y seguro adentro de su cuarto. Le compré una cama ortopédica de la mejor calidad que encontré en la ciudad, le equipé la cocina para que no volviera a batallar, y le arreglé el patio poniendo un jardín pequeño lleno de bugambilias, sus flores favoritas.
Además, la llevé a la fuerza a la mejor clínica privada de Guadalajara para un chequeo completo. Puse todo a su nombre.
Yo tomaba fotografías de cada pequeño avance. Del cemento fresco, de las flores nuevas, de mi madre sonriendo en su cama nueva. Pero no se las mandaba a Mariana. Las guardaba en una carpeta en mi celular. Había aprendido, a la mala, que las cosas correctas se hacen desde el silencio, no para recibir aplausos o perdón.
Mientras tanto, la boda se canceló oficialmente.
Perdí casi un millón de pesos de anticipo en la hacienda de Tequila, en los banquetes, en la música. Mi familia por parte de mi padre murmuró durante semanas. Mis tías decían que Mariana era una exagerada, que todos los hombres cometen errores, que un partido con tanto dinero no se encuentra todos los días y que ella se iba a arrepentir de haberme dejado.
Pero yo sabía la verdad. Yo sabía que el que había perdido a una joya, era yo.
En el hospital público de Tonalá, la historia era diferente. Por contactos en común, supe que las otras enfermeras la apoyaron. Alguien me contó que su mejor amiga le dijo: “Hiciste bien, mana. El dinero compra muebles y camionetas, pero no compra paz mental. Ese pndejo no te merecía”*.
Mariana no celebró la ruptura. Según me contaron, le dolió muchísimo. Me amaba. Lloró por semanas, pero se mantuvo firme. Su dignidad valía más que su dolor y más que mi dinero.
Pasaron cuatro largos meses. Cuatro meses de ir a terapia psicológica dos veces por semana para tratar mis traumas de inferioridad, mi machismo y mi soberbia.
Un martes por la mañana, Doña Mercedes se subió a un camión ella sola y se plantó en el hospital de Tonalá con una canasta llena de pan de nata recién horneado.
Cuando Mariana salió a su descanso y la vio en la sala de espera, se quedó congelada.
—Doña Mercedes… ¿qué hace aquí? ¿Se siente mal? —le preguntó, asustada, corriendo a revisarla.
—Estoy mejor que nunca, mija —le respondió mi anciana madre, sonriendo con ternura—. Pero te extraño mucho. Vine a verte.
Mariana no aguantó y se echó a llorar ahí mismo en el pasillo, abrazándola fuerte.
Se fueron juntas a una fondita cerca del hospital. Entre el café de olla y el pan dulce, Doña Mercedes no me justificó. Le contó a Mariana la pura verdad. Le dijo que yo iba al rancho cada quince días sin falta, que me ponía a cargar bultos de cemento, que había roto lazos con Bruno y con todos los amigos tóxicos del club, y que llevaba meses yendo al loquero (como ella le decía al psicólogo).
—No vengo a convencerte de que vuelvas con él, mija —le aclaró mi madre, tomándole las manos—. Si tú no quieres volver a verlo, te entiendo y te respeto. Solo vine a darte las gracias de frente. Porque aunque te rompieron el corazón muy feo, tú le salvaste el alma a mi hijo. Le quitaste la ceguera.
Mariana lloró en silencio.
Tres semanas después de esa visita, mi celular vibró en medio de una junta. Era un número que me sabía de memoria.
Un mensaje de WhatsApp.
“Podemos hablar. Pero no te prometo nada, Santiago”.
Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.
Nos citamos ese mismo sábado en el Parque Colomos de Guadalajara. Nada de reservaciones en restaurantes de lujo, nada de choferes, nada de espectáculos pendej*s.
Llegué caminando, vestido con unos jeans y una camisa de algodón. Llegué antes de tiempo. Me senté en una banca, apretando una carpeta de argollas bajo el brazo.
Cuando la vi caminar hacia mí, sentí el mismo nerviosismo que el día que la conocí. Se veía hermosa, con el pelo suelto y esa mirada profunda.
Se sentó a mi lado, guardando una distancia prudente.
—Hola, Mariana —le dije, con la voz un poco ronca—. Gracias por venir.
—Hola.
Hubo un silencio tenso. Yo tragué aire y puse la carpeta sobre mis rodillas.
—No te traje regalos —empecé a decir, mirándola a los ojos—. Sé que las flores o los perdones no sirven de nada. Traje pruebas. Aquí hay constancias de mis citas con la psicóloga durante los últimos cinco meses. También traje los recibos médicos de mi mamá. Y lo más importante… aquí están las escrituras de la casa del rancho.
Abrí la carpeta y le pasé los documentos.
—Ya está todo legalmente a su nombre, blindado para que yo no pueda venderla ni usarla. La remodelé completa. Para que nadie, nunca más, y sobre todo yo, vuelva a usar su casa como un mald*to escenario de miseria.
Mariana observó los papeles. Vio las fotografías del techo nuevo, del piso firme, del baño, de las bugambilias. Vio las facturas de la cama ortopédica.
Al final de la carpeta, yo había plastificado la hoja original que ella había escrito con tinta azul. Estaba marcada con una palomita en cada uno de los ocho puntos. Todos estaban cumplidos.
Vi cómo la barbilla de Mariana empezaba a temblar.
No era suficiente para borrar el daño. El dolor que le causé en esa tarde en el rancho no se iba a curar con azulejos nuevos. Pero era un acto diferente. Por primera vez en nuestra relación, Mariana no estaba viendo a un niño rico presumiendo; estaba viendo a un hombre asumiendo la responsabilidad de su propia m*erda.
—No sé si pueda volver a confiar rápido en ti, Santiago —me dijo, secándose una lágrima—. Me lastimaste muy profundo. Dudaste de quién soy.
—Y no te voy a pedir rapidez —le respondí, sintiendo mis propias lágrimas caer—. Si me toma cinco años demostrarte que cambié, me esperaré cinco años. No quiero comprar tu perdón. Solo quiero demostrarte, sin tr*mpas y sin juegos, quién estoy aprendiendo a ser gracias a ti.
No nos casamos ese año.