Llevé a mi prometida al rancho de mi madre para ponerla a prueba pensando que era interesada, pero lo que ella sacó de su bolsa me destruyó la vida por completo. ¿Fui un i*iota?

—Perdóneme, señora —le dijo Mariana, acariciándole la espalda—. Usted no tenía por qué participar en este circo. Siento mucho que haya tenido que pasar por esto.

—No, mija —respondió mi madre, llorando sobre el hombro de Mariana—. Perdóname tú a mí. Yo acepté seguirle el juego a mi hijo porque quería que él mismo se diera cuenta de su error. Pero te juro que no medí cuánto te iba a doler. Eres una buena mujer, muchacha.

Mariana le dio un beso en la frente. Un beso lleno de un respeto que yo no había tenido.

Luego recogió su bolsa del suelo y caminó hacia el camino de tierra que llevaba a la salida del pueblo.

—¡Mariana, espera! —grité, corriendo detrás de ella—. ¡No te vayas así, por favor! No te vayas sola. Ya está oscureciendo. Te llevo al pueblo, te consigo un taxi, te pago un hotel, lo que quieras, pero no camines sola.

Ella se detuvo de golpe. Se giró a medias, mirándome por encima del hombro. Su mirada estaba completamente vacía de amor.

—No necesito que me salves del camino de terracería, Santiago —dijo, con una frialdad absoluta—. Necesito salvarme de un hombre que duda de mi dignidad. No me sigas.

Aquella frase fue como una b*la en el pecho. Me dejó clavado en la tierra, paralizado.

La vi caminar. Mariana llegó a la tiendita del pueblo, a unos quinientos metros, y le pidió ayuda al dueño para llamar a un taxi seguro que la llevara a la terminal de autobuses. Mi madre, ignorándome por completo, caminó detrás de ella y la acompañó hasta que el coche llegó.

Yo me quedé parado, observando desde lejos, llorando en silencio como un niño castigado. Vi cómo se tomaban de la mano antes de despedirse.

Antes de subir al taxi, vi que Mariana le entregaba algo a mi madre. Era la hoja doblada.

Meses después mi madre me contó lo que Mariana le dijo en ese instante: “Esto no era para aparentar frente a su hijo. Aunque yo nunca me case con Santiago, usted merece vivir mejor. Cuídese mucho, Doña Mercedes”.

El taxi arrancó levantando polvo, llevándose a la única mujer que me había amado de verdad por quien yo era, y no por lo que tenía en el banco.

Esa noche no pude volver a Guadalajara.

Me quedé sentado en el patio, en una cubeta volteada, mirando la fachada despintada de la casa donde había nacido. El cielo estaba lleno de estrellas, igual que cuando era niño y soñaba con ser millonario para sacar a mi mamá de la pobreza.

Pero ahora tenía los millones, y estaba sentado en el mismo patio de tierra, sintiéndome más pobre y miserable que nunca.

Por primera vez en años, no vi esa casa de adobe como una mancha en mi historial. No la vi como algo que debía ocultar en las reuniones de negocios. La vi como lo que realmente era: una deuda inmensa. Una deuda de sangre y sudor que mi madre había pagado por mí, y que yo había despreciado.

No dormí un solo minuto. Me la pasé repasando cada frase de Mariana, cada mirada de decepción. La culpa me carcomía las entrañas.

Al amanecer, escuché ruidos en la cocina. Mi madre salió con dos tazas de barro. Me puso una taza de café de olla enfrente. El humo olía a canela y a piloncillo, a los días en que éramos felices con nada.

—Si estás pensando en cómo ir a pedirle perdón a esa muchacha —me dijo mi madre, sentándose a mi lado sin mirarme—, te voy a dar un consejo. No vayas a empezar con tus pen*ejadas de niño rico. No le lleves anillos caros, ni ramos de cien rosas, ni le ofrezcas camionetas. Eso no sirve para tapar la humillación. Si la quieres recuperar, empieza por cambiar lo que traes podrido adentro.

Asentí en silencio. El café me quemó la garganta, pero me lo tragué.

Ese mismo lunes a primera hora, antes de ir a mi oficina, agarré mi celular y llamé a Bruno.

—¡Qué pasó, mi tigre! —contestó él, con esa voz de mirrey que de pronto me dio un asco terrible—. ¿Cómo te fue el fin de semana? ¿Ya viste cómo se espantó la enfermerita cuando vio los nopales y las gallinas de tu rancho? Te lo dije, cabr*n, esas viejas nomás ven que no hay lana y salen corriendo.

Apreté la mandíbula tan fuerte que me dolieron los dientes.