Daniel entregó su carpeta.
Dentro había correos impresos.
Capturas.
Mensajes.
Reportes ignorados.
Una de las consejeras leyó en voz alta un fragmento de un correo de Vanessa a Recursos Humanos:
“Daniel está haciendo preguntas innecesarias. Sáquenlo antes de que contamine al equipo.”
La sala se llenó de murmullos.
Vanessa miró a Ethan, esperando que la defendiera.
Él no lo hizo.
Y esa fue la parte más irónica.
El hombre que había abandonado a su esposa frente a todos, ahora abandonaba también a la mujer por la que la había humillado.
—Ethan —dijo Vanessa, con la voz rota—. Diles que tú sabías. Diles que tú aprobaste.
La sala quedó en silencio.
Isabella sintió que todo se detenía.
Ethan la miró apenas.
Luego miró al consejo.
—Yo confié en Vanessa. Si ella abusó de esa confianza, también soy una víctima.
Vanessa abrió la boca, horrorizada.
—¿Una víctima? ¿Después de todo lo que hicimos?
Ethan palideció.
Demasiado tarde.
La frase ya estaba en el aire.
Después de todo lo que hicimos.
Isabella no sonrió. No sintió placer. Solo una confirmación fría.
—Gracias, señorita Cole —dijo—. Eso quedará registrado en el acta.
Vanessa entendió entonces que había hablado de más.
Intentó levantarse.
—No pienso quedarme aquí para esta humillación.
Dos agentes de seguridad se colocaron junto a la puerta.
No la tocaron.
No hizo falta.
Isabella cerró la carpeta.
—El consejo votará ahora la suspensión inmediata de Ethan Blake como director general, el congelamiento preventivo de pagos a proveedores vinculados a esta investigación y la entrega completa del caso a abogados externos. Además, Recursos Humanos reabrirá todas las quejas cerradas durante los últimos dos años.
Margaret levantó la mano primero.
Luego otro consejero.
Luego otro.
La votación fue unánime.
Ethan se dejó caer en la silla.
Vanessa miraba alrededor como si todos la hubieran traicionado, incapaz de entender que nadie la había seguido por respeto, sino por miedo.
Isabella se puso de pie.
—Señor Blake, entregue su tarjeta de acceso, laptop corporativa y teléfono de empresa antes de salir.
Ethan levantó la mirada.
—¿Me estás echando?
—No. La empresa te está removiendo. Yo solo estoy dejando de protegerte.
Él se acercó a ella, bajando la voz.
—Isa, piensa en nuestro matrimonio.
Isabella sintió una punzada, pero no retrocedió.
—Pensé en nuestro matrimonio ayer, cuando esperé que dijeras quién era yo. Pensé en nuestro matrimonio cuando seguridad me escoltó como ladrona. Pensé en nuestro matrimonio mientras encontraba las firmas con las que protegiste a la mujer que me golpeó.
Ethan no pudo sostenerle la mirada.
—Cometí errores.
—No, Ethan. Un error es olvidar una fecha. Lo tuyo fue una elección repetida.
Vanessa, al otro lado de la mesa, soltó una carcajada amarga.
—No te creas tan especial, Isabella. Él me decía que tú eras fría, aburrida, que solo eras un apellido con dinero.
Ethan cerró los ojos.