—¿Tú nos dijiste que ella ya había aceptado!
Don Arturo dejó la caja en el suelo.
—Sebastián, ¿también dijiste que la casa iba a quedar a nombre de los dos?
El silencio fue la confesión más clara.
Valeria sintió una tristeza extraña. No por perderlo, sino por entender que había amado a un hombre capaz de diseñar su humillación con paciencia.
Mariana guardó los papeles.
—Esto se va a documentar. Hoy se cambia la cerradura. Y si vuelven a entrar o amenazar, se procede legalmente.
Teresa intentó acercarse a Valeria.
—Hija, no sabía que él te había dicho así las cosas. Pero entiende, ya vendimos nuestra casa.
Valeria dio un paso atrás.