Era rabia, amor, vergüenza y dolor mezclados en el mismo lugar.
Óscar golpeó la mesa.
—¡Vieja metiche!
Intentó avanzar hacia doña Lidia, pero don Ernesto se interpuso.
—A mi esposa no le vuelves a hablar así.
La policía lo sujetó del brazo.
—Señor, cálmese.
—¡Es mi casa! —gritó Óscar—. ¡Y ella es mi esposa!
Entonces don Ernesto sacó un folder amarillo de su chamarra.
—La casa no es tuya.
Óscar se quedó quieto.
Mariana lo miró, confundida.
Don Ernesto abrió el folder y dejó varios papeles sobre la mesa.
—Esta casa era de la abuela Carmen. Se la dejó a Mariana antes de morir. Está a nombre de mi hija desde hace 4 años.
Óscar apretó los dientes.
—Eso no tiene nada que ver.
—Sí tiene —dijo don Ernesto—. Porque hace 2 semanas fuiste a mi taller a pedirme 80,000 pesos. Dijiste que Mariana necesitaba un tratamiento urgente. Dijiste que estaba enferma y que no quería preocuparnos.
Mariana sintió frío.
—¿Qué?
Doña Lidia empezó a llorar.
—Nos dijo que tenías quistes, mija. Que necesitabas estudios. Que no nos decías nada para no asustarnos.
Mariana miró a Óscar.
Él había usado su nombre.
Su cuerpo.
Su salud.
Su miedo.
Todo para robarles a sus propios padres.
—¿Es cierto? —preguntó ella.
Óscar soltó una risa nerviosa.
—Ay, Mariana, no seas dramática. Era un préstamo. Yo lo iba a devolver.
Don Ernesto aventó sobre la mesa varias capturas impresas.
—También dijiste que ella iba a firmar unos papeles para proteger la casa.
La oficial revisó los documentos.
Su expresión cambió.
—¿Qué papeles?
Mariana recordó la noche anterior.
Óscar le había puesto frente a ella una supuesta autorización bancaria. Decía que era un trámite simple.
Pero cuando Mariana leyó bien, encontró una frase que le heló la sangre: cesión de derechos.
Por eso se negó.