Acepté ver a Valeria en una cafetería pequeña cerca del Metro Eugenia. No fui por ella. Fui porque en toda esa historia había dos niños usados como armas, y alguien tenía que pensar en ellos.
Llegó tarde, con ojeras profundas y el cabello amarrado de cualquier forma. Traía al bebé más pequeño cargado contra el pecho. El otro venía dormido en una carriola sencilla.
Ya no parecía la mujer segura que había entrado a mi sala. Parecía alguien que también acababa de despertar dentro de una mentira.
—Roberto me dijo que tú ya sabías —murmuró.
Me senté frente a ella.
—Roberto dice muchas cosas cuando le conviene.
Valeria tragó saliva.
—Me dijo que ustedes estaban separados. Que la casa era de él. Que tú no querías hijos y que solo seguían juntos por apariencias, por dinero y por papeles.
Sentí rabia, pero no sorpresa.
—¿Y tú le creíste?
Valeria bajó la mirada.
—Quise creerle.
Esa frase me dolió más que una disculpa falsa. Porque no era inocencia. Era comodidad.
Después sacó de su bolsa un sobre con copias de actas, capturas de mensajes y una memoria USB.
—El niño mayor sí es de Roberto —dijo—. El bebé no.
Me quedé inmóvil.
Valeria empezó a llorar.
—Cuando me embaracé otra vez, Roberto ya quería dejarme. Me pidió que dijera que también era suyo. Me prometió que, si entrábamos juntos a tu casa, tú ibas a pedir el divorcio rápido para evitar el escándalo. Me dijo que así él podía quedarse con algo… o al menos presionarte con la casa.
Sentí asco.
No por celos.
Por la frialdad.
Roberto no había formado una familia. Había armado una escena. Había usado a Valeria, a mí y a dos criaturas para fabricar lástima, culpa y miedo.
—Aquí están los audios —dijo ella—. Me amenazó con quitarme al mayor si hablaba.
Tomé la memoria.
—No te estoy perdonando.
Ella asintió.
—Lo sé.
Al día siguiente, Roberto volvió a la casa creyendo que todavía podía intimidarme. Llegó con dos maletas y una actitud de víctima, pero se encontró con la cerradura cambiada, la licenciada Montserrat en la sala y una notificación formal en la mano.
Su empresa lo suspendió mientras investigaban el uso indebido de correos y contactos. La denuncia por falsificación siguió su curso. Valeria entregó los audios. Y la casa, mi casa, quedó legalmente protegida.
Roberto perdió el trabajo meses después. No fue una caída ruidosa, de esas que salen en noticias. Fue peor para él: llamadas que dejaron de responderle, socios que ya no lo saludaban, amigos que se desaparecieron en cuanto dejó de parecer exitoso.
El día que fue por sus últimas cosas, me miró desde la puerta.
—Yo sí te amé, Daniela.