gabriela me llevó al hospital sin esperar a nadie. Manejó por Periférico con una mano en el volante y la otra marcando a mi doctora. Yo iba respirando como podía, con lágrimas en la cara y una sola idea clavada en la cabeza: que mi hija estuviera viva.
En urgencias todo fue rápido. Bata. Monitor. Suero. Preguntas. Manos desconocidas tocándome la panza.
Cuando escuché el latido de mi bebé, me quebré.
No lloré por Raúl.
Lloré porque mi hija todavía estaba conmigo.
Las contracciones lograron detenerse, pero me dejaron internada. Raúl llamó más de 30 veces. Doña Teresa mandó mensajes diciendo que yo había hecho un teatro para humillar a su hijo. Que una mujer “decente” soportaba en silencio. Que por mi culpa la familia estaba destruida.
Esa noche llegó un mensaje de Ingrid.
“No sabía lo del departamento. Tengo pruebas. Te las mando.”
Y las mandó.
Ahí apareció la verdadera cara de Raúl.
Le había dicho a Ingrid que yo estaba enferma, que mi departamento en realidad lo había pagado él, que después del parto pediría mi firma “porque una mujer recién parida no piensa bien”. También había audios de doña Teresa aconsejándole paciencia:
—Aguanta, hijo. Cuando nazca la niña, Mariana va a estar débil. Ahí firma lo que sea con tal de que la dejen tranquila.
Gabriela presentó todo.
El banco abrió investigación por cargos no autorizados. La notaría confirmó que nadie podía mover mi departamento sin mi presencia. El juez otorgó medidas de protección. Raúl no podía acercarse a mí ni a mi casa. Doña Teresa tampoco.
Cuando leí ese papel, sentí algo que no había sentido en meses: aire.
Tres semanas después nació mi hija.