Andrés palideció.
Carmen la miró con desprecio.
—Ay, por favor. ¿Ahora vas a llevar cuentas como si fueras extraña?
Lucía respondió tranquila:
—No soy extraña. Pero tampoco soy tonta.
Entonces Carmen dijo la frase que le quitó cualquier duda:
—Pues si no quieres pagar, tal vez deberías recordar que esta casa no es tuya.
Y Andrés, su esposo, no dijo nada.
PARTE 2
Al día siguiente, Lucía pidió permiso en el trabajo durante la hora de comida y fue al Registro Público de la Propiedad.
No necesitaba hacerlo.
Ya sabía que esa casa no era suya.
Pero Lucía había aprendido de su madre una regla sencilla: cuando algo huele raro, no basta con sentirlo; hay que comprobarlo.
La escritura confirmó lo obvio.
La casa estaba a nombre de Carmen Robles viuda de Méndez y Andrés Méndez Robles.
Sin gravámenes.
Sin créditos.
Sin otro propietario.
Lucía salió del edificio con las copias en la mano y se quedó sentada en su coche, escuchando el ruido de la ciudad como si viniera de muy lejos.
No le dolía pagar.
Le dolía haber sido colocada en una posición calculada.
Esa noche, de regreso en la casa de Coyoacán, fingió normalidad.
Carmen hizo sopa de fideo.
La cuchara volvió a raspar la olla.
—Lucía —dijo Carmen—, este mes también hay que cambiar la bomba de agua. Ya le dije al plomero que tú le transfieres.
Lucía miró a Andrés.
—¿Tú qué dices?
Él tragó saliva.
—Pues… si puedes ayudar, amor.
Amor.
La palabra le sonó hueca.
Más tarde, en la recámara, Lucía dejó su celular cargando sobre el buró y bajó por un té. Había estado usando una aplicación de notas de voz para una junta del trabajo y olvidó cerrarla.
Cuando volvió, el teléfono seguía grabando.
Iba a borrarlo sin pensarlo, pero escuchó la voz de Andrés.
Venía desde el pasillo.
—Mamá, no la presiones tanto. Se va a molestar.
Luego la voz de Carmen: