—Cuando nacieron, yo estaba sola. Tenía miedo de que me las quitaran, miedo de que mi familia usara a su padre para atacarme, miedo de que ustedes crecieran rodeadas de gente que solo quería algo de nosotras. Me equivoqué. Creí que si controlaba todo, nada podía hacerles daño.
Elías la miró en silencio.
Camila respiró con dificultad.
—Pero terminé haciendo daño yo.
Las niñas no corrieron a abrazarla. Eso fue lo más doloroso. Se quedaron quietas, intentando entender que su madre, la mujer que siempre parecía invencible, también podía estar equivocada.
Elías se levantó.
—No vamos a resolver 7 años en una noche.
Camila lo miró, esperando un ataque.
Pero él solo tomó un pedazo de madera de cerezo de la mesa.
—Yo no quiero una guerra. No quiero salir en periódicos. No quiero quitarte a las niñas. Pero tampoco voy a aceptar que me borres otra vez.
Regina levantó la barbilla.
—¿Entonces qué va a pasar?
Elías pensó en su taller, en la renta, en Mateo, en los abogados que Camila podía pagar sin pestañear. Pensó en las 3 niñas frente a él, tan bien vestidas y tan perdidas.
—Vamos a empezar con la verdad —dijo—. Y luego con tiempo.
Camila cerró los ojos. Una lágrima bajó por su mejilla.
—Mañana llamaré a mi abogada. No para pelear. Para hacer las cosas bien.
—Y yo buscaré asesoría —respondió Elías—. Porque ser pobre no significa firmar lo que me pongas enfrente.
Camila asintió. Por primera vez, no discutió.
Mateo se acercó a las trillizas.
—¿Quieren ver mi dinosaurio? No es caro, pero ruge si le pegas aquí.
Valentina tomó el juguete con cuidado.
—No parece anatómicamente correcto.
—Pero ruge —insistió Mateo.
El dinosaurio soltó un sonido horrible. Las 3 niñas se sobresaltaron. Luego Lucía soltó una risa pequeña. Después Valentina. Finalmente Regina.
Elías sintió que algo en el taller cambiaba.
No se arreglaba. No todavía. Pero dejaba de estar completamente roto.
Una semana después, Camila aceptó reunirse en un lugar neutral: el Bosque de Chapultepec, temprano, antes de que llegaran demasiadas familias. No llevó escoltas cerca. Solo una camioneta discreta a distancia.
Elías llegó con Mateo y una bolsa de papel.
Las niñas venían con ropa sencilla, aunque se notaba que alguien había elegido “sencilla” desde una tienda carísima. Camila llevaba lentes oscuros, pero no pudo ocultar que había llorado.
Se sentaron cerca del lago.
Elías abrió la bolsa y sacó 3 pequeños colgantes de madera. Cada uno tenía grabada una brújula. Pero no rota.
Esta vez, la estrella del norte estaba completa.
—Los hice para ustedes —dijo.
Regina tomó el suyo primero.
—¿Por qué esta brújula sí está completa?
Elías miró a Camila. Luego a las niñas.
—Porque ustedes no tienen la culpa de que nosotros nos hayamos perdido.
Lucía pasó el dedo por la estrella.
—Huele a humo.
—Es madera de cerezo —explicó Mateo con orgullo—. Mi papá arregla cosas rotas. Sillas, mesas, puertas. Una vez arregló una cuna.
Camila bajó la mirada.
—También hay cosas que no se arreglan como muebles —dijo Elías—. Pero se pueden cuidar mejor desde hoy.
Valentina se colgó la brújula al cuello.
—¿Podemos venir otro día?
La pregunta fue sencilla. Pero a Camila le tembló la boca.
Elías no respondió por ella.
Camila respiró hondo.
—Sí. Si ustedes quieren, sí.
Regina miró a su madre.
—Pero sin mentiras.
Camila se quitó los lentes. Sus ojos estaban rojos.
—Sin mentiras.