—¡Porque nadie me ayudó nunca!
El grito rebotó en las láminas del taller.
Por primera vez, Camila no parecía una mujer poderosa. Parecía una muchacha asustada escondida dentro de ropa cara.
—Mi familia quería que abortara —susurró—. Decían que 3 bebés sin padre iban a destruir la empresa. Me llamaron irresponsable, fácil, tonta. Mi propio tío intentó quitarme la dirección porque estaba embarazada. Yo tuve que volverme de piedra para que no nos devoraran.
Elías bajó la mirada. La entendía. Pero entender no era perdonar.
—Eso no te daba derecho a borrarme.
Camila tomó la carpeta y la empujó hacia él.
—Firma.
Elías abrió el sobre. Sacó el cheque. Lo miró largo rato.
Luego lo rompió en 4 pedazos.
Camila palideció.
—Estás cometiendo un error.
—No. El error fue creer que todo tiene precio.
En ese momento, una voz pequeña sonó desde la puerta.
—Mamá… ¿él es el de la brújula?
Elías y Camila giraron al mismo tiempo.
Regina estaba ahí, con pijama bajo un abrigo, mirando los pedazos del cheque en el piso.
Detrás de ella estaban Lucía y Valentina.
Camila se quedó sin voz.
Las 3 niñas habían escuchado todo.
PARTE 3
—¿Él es nuestro papá?
La pregunta de Regina cayó en el taller como un golpe seco.
Camila abrió la boca, pero no pudo mentir. No esta vez. No frente a esas 3 niñas que la miraban con los mismos ojos grises con los que ella había aprendido a esconder el miedo.
Elías permaneció quieto. Tenía las manos manchadas de polvo de madera, la camisa vieja, el rostro cansado. No parecía un hombre preparado para recibir 3 hijas en una sola noche. Pero tampoco parecía dispuesto a huir.
Lucía miró los pedazos del cheque.
—¿Le estabas pagando para que no nos viera?
Camila se llevó una mano al pecho.
—Lucía…
—Eso significa que sí —dijo la niña.
Valentina, la más callada, dio un paso hacia Elías.
—¿Usted sabía de nosotras?
Elías se agachó despacio hasta quedar a su altura. Su voz salió ronca.
—No. Si lo hubiera sabido, habría intentado encontrarlas.
Regina observó su tatuaje.
—Mamá dijo que algunas personas se acercan por dinero.
—Tu mamá tenía miedo —respondió Elías—. Pero yo no vine por dinero.
—Rompiste el cheque —dijo Lucía.
—Sí.
—Era mucho dinero.
—Sí.
—Entonces eres mal inversionista.
Elías soltó una risa breve, triste.
—Probablemente.
Mateo apareció en la puerta del cuartito, despeinado, con su dinosaurio en la mano.
—Papá, ¿por qué hay niñas iguales en la casa?
Nadie supo qué decir.
Valentina lo miró con curiosidad.
—¿Tú eres Mateo?
—Sí. ¿Ustedes son espías?
Lucía frunció el ceño.
—No.
—Parecen espías ricas.
Por primera vez, Regina casi sonrió.
Camila dio un paso hacia sus hijas, pero Regina retrocedió. Ese gesto la destrozó más que cualquier insulto.
—Yo solo quería protegerlas —dijo Camila con la voz rota.
—Nos mentiste —respondió Regina.
—Sí.
La palabra salió apenas audible.
Camila se sentó en una silla vieja del taller, sin importarle que tuviera polvo. Sus manos temblaban sobre las rodillas.