PARTE2
Marcos Almeida no recordaba el momento exacto en que su mundo se dividió en dos. Recordó la lluvia que golpeaba contra las ventanas. Recordó que el teléfono vibraba en la mesa de la cocina. Recordó una voz desconocida que decía “Rodovia dos Imigrantes.s”

Ana Clara, su esposa, había salido esa tarde para ocuparse de algunos asuntos familiares y comprar algunas pequeñas cosas para Miguel. Estaba a dos meses de dar a luz. En casa, una cuna todavía se encontraba sin montar contra la pared.
La habitación de Miguel olía a madera nueva, jabón para bebés y pintura seca. Ana Clara había doblado el primer juego de sábanas con una paciencia que movió a Marcos. Cada calcetín parecía una pequeña y ridícula promesa.
Cuando le dijeron que el coche había perdido el control en la pista mojada, Marcos sintió que la voz en el teléfono se alejaba. Hablaban de impacto, de una barrera, de muerte inmediata. Términos técnicos. Palabras limpias.
Nada limpio sucede cuando alguien le dice que su esposa embarazada no volverá a casa.
Ana Clara y Marcos se habían reunido ocho años antes en una línea bancaria en São Paulo. Se reía fácilmente, pero no con cualquiera. Dijo que se enamoró cuando la vio defender a una anciana que había perdido su lugar sbl.
Se casaron sin una gran fiesta, con una comida sencilla y una mesa llena de parientes que ofrecieron demasiadas opiniones. Ana Clara era el tipo de mujer que guardaba recibos, ultrasonidos, notas médicas y tarjetas de felicitación como si cada pedazo de papel pudiera salvar un recuerdo del olvido.
Es por eso que la carpeta azul existía. Dentro estaban las ecografías de Miguel, los resultados de su última cita obstétrica, el nombre del Hospital das Clínicas escrito en una hoja de papel, y una lista de cosas que aún debían comprarse antes del nacimiento.