A las 2:47 de la madrugada, una niña pequeña llamó llorando: “Me duele… El bebé de papá quiere salir”.

Antes de que Tomás pudiera contestar, su teléfono personal vibró violentamente en su bolsillo. Era Mariana Flores. Salió de la unidad de cuidados intensivos y se llevó el teléfono a la oreja.

—Tomás —dijo Mariana sin aliento y presa del pánico—. Debes regresar inmediatamente a la casa de la calle Álamo.

“Mariana, no puedo salir del hospital. La jovencita estuvo a punto de morir hace un minuto. Se están preparando para una cirugía de emergencia…”

—No, Tomás, no lo entiendes —interrumpió Mariana, bajando la voz a un susurro aterrorizado—. ¿El equipo forense que llamé para inspeccionar la casa? Simplemente arrancaron las tablas del suelo del dormitorio principal. Las que están justo detrás de donde estaba sentada Lili.

Tomás sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. “¿Qué encontraron?”

“No se trata solo de moho, Tomás. Hay un sótano debajo de esta casa que no aparece en ningún mapa de la ciudad. Y… Dios mío, el olor que sale de ahí… Los técnicos forenses encontraron equipo médico. Viejo, oxidado, pero de grado militar. Y hay archivos. Docenas de ellos. Todos sellados con un sello gubernamental de 2012, el mismo año en que la ciudad supuestamente declaró esta manzana insalubre.”

Un escalofrío recorrió a Tomás hasta los huesos. La pieza que faltaba del rompecabezas estaba adquiriendo una forma siniestra y burocrática. El sistema no había ignorado a Lilia García por simple pereza o falta de recursos.

El sistema sabía exactamente lo que había en esa casa.
—Ya voy —dijo Tomás.
En lo más profundo de la nada,
el sol del mediodía no lograba calentar las ruinas del número 47 de la calle Alamo. La cinta amarilla de la policía ondeaba al viento, proyectando sombras irregulares sobre el polvoriento patio. Dos coches patrulla estaban aparcados de lado afuera, con sus luces intermitentes iluminando silenciosamente el lugar.

Tomás se deslizó bajo la cinta de seguridad, apoyando instintivamente la mano en la empuñadura de su arma reglamentaria. Entró en la casa, pasando por el lugar vacío donde había encontrado a Lili unas horas antes. La pared cubierta de sus dibujos le pareció aún más inquietante. A la luz del día, notó un detalle que había pasado desapercibido en la oscuridad: las figuras de “Papá” en sus dibujos no tenían rostros normales. Sus cabezas estaban dibujadas como grandes círculos completamente negros, y llevaban lo que parecían capuchas pesadas.

“Aquí abajo, Reyes”, la voz de Mariana resonó desde un rincón oscuro de la habitación.

Se acercó y vio que una pesada trampilla de hierro oxidada había sido arrancada del suelo. Una empinada escalera de hormigón descendía hacia la oscuridad total, iluminada únicamente por los focos halógenos que el equipo forense había instalado.

Tomás tragó saliva y bajó las escaleras.

El aire se enfrió al instante, impregnándose del olor a ozono, conservantes y otro olor metálico nauseabundo: el inconfundible olor a sangre seca. Al pie de la escalera había un búnker de hormigón armado, del tamaño de un garaje comercial.

Técnicos forenses, ataviados con trajes de protección completos, se movían metódicamente por la habitación. A un lado, un tanque de incubación de vidrio roto había derramado hacía tiempo su líquido verdoso sobre el suelo de hormigón, dejando un residuo espeso y calcificado. Sobre la mesa contigua yacían pesadas correas quirúrgicas de acero, del tamaño perfecto para un niño.

Mariana estaba de pie junto a un escritorio de metal oxidado, sosteniendo una gruesa carpeta de cuero dañada por el agua. Su rostro estaba completamente descolorido.

—Mira las fechas —dijo, entregándole un trozo de papel a Tomás.

Era un expediente médico. El nombre de la paciente, en la parte superior, estaba tachado con un rotulador grueso, pero la fecha de nacimiento era legible: 2019. El año de nacimiento de Lilia García.

—Esto no era un escondite de pandillas —murmuró Tomás, leyendo el texto lleno de jerga—. ¿Proyecto… Vesper? ¿Qué demonios es eso?