PARTE 2
Me quedé congelada con el teléfono pegado al oído.
—¿Quién habla? —pregunté.
La voz del otro lado tardó unos segundos en responder.
—Mi nombre es Ricardo Salazar. Fui amigo de tu abuelo durante más de treinta años. Hay algo que debes saber.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Qué cosa?
—Tu abuelo te mintió sobre el dinero.
Fruncí el ceño.
—¿Qué dinero?
Hubo un silencio incómodo.
—¿De verdad nunca te lo contó?
Sentí un escalofrío.
Toda mi vida había escuchado la misma frase:
“No podemos permitírnoslo.”
No para ropa nueva.
No para vacaciones.
No para un coche mejor.
No para nada.
—No entiendo de qué habla —dije.
—Entonces necesitas venir a verme.
Dos días después estaba sentada frente a un hombre de cabello blanco en una pequeña oficina.
Ricardo abrió un archivador antiguo y sacó una carpeta amarillenta.
La colocó delante de mí.
—Tu abuelo me pidió que te la entregara cuando cumplieras dieciocho años… pero solo después de su muerte.
Mis manos temblaban.
Abrí la carpeta.
Dentro había documentos bancarios.
Estados de cuenta.
Inversiones.
Propiedades.
Y una cifra que hizo que me faltara el aire.
Más de dos millones de dólares.
—Esto no puede ser real.
Ricardo asintió lentamente.