Llevaba un vestido verde oscuro, el cabello recogido y los aretes de perla de doña Aurora. Nico no estaba con ella. Jamás lo usaría como espectáculo.
Teresa fue la primera en verla.
Su copa tembló.
Claudia se puso de pie.
—¿Quién la dejó entrar?
Rodrigo caminó hacia Mariana con esa sonrisa pública que usaba para inaugurar hospitales y mentirle a los periódicos.
—Hija, este no es el momento.
—Sí lo es.
—Te vas ahora mismo o llamo a seguridad.
Julián apareció a su lado.
—Llámelos. También llamamos a la prensa que está afuera.
Rodrigo bajó la voz.
—Sigues siendo una vergüenza.
Mariana lo miró sin moverse.
—Y tú sigues creyendo que la vergüenza es más grave que un crimen.
Caminó hasta el micrófono.
Claudia gritó:
—¡Corten el sonido!
Nadie lo cortó. Renata ya había hablado con el técnico.
Mariana tomó el micrófono con las manos firmes.
—Mi nombre es Mariana Salcedo. Hace 3 semanas, durante una fiesta familiar en Puerto Vallarta, mi madre empujó a mi hijo de 6 años al mar.
El salón explotó en murmullos.
—¡Está loca! —gritó Teresa.
Mariana no levantó la voz.
—Cuando intenté salvarlo, mi familia me empujó también.
Rodrigo avanzó hacia ella, pero Julián se interpuso.
—Un paso más y el video se publica sin contexto, Rodrigo.
Mariana presionó un control.
La pantalla gigante detrás de la mesa principal se encendió.
Y la familia Salcedo se vio a sí misma convertida en prueba.
Primero apareció Teresa junto a Nico.
Después Claudia mirando alrededor.
Luego Rodrigo sujetando a Mariana.
El salón quedó en silencio absoluto.
Cuando la voz de Rodrigo salió de las bocinas diciendo “Si vive, fue una crisis. Si no vive, fue una tragedia”, una mujer soltó un grito. Un socio del Grupo Salcedo se levantó de la mesa. El prometido de Claudia, Andrés, la miró como si acabara de conocerla.
—Claudia… dime que eso no es verdad.
Ella abrió la boca, pero no salió nada.
Ese silencio la condenó más que cualquier confesión.
Mariana cambió el archivo.