Final:
El trayecto al hospital fue un borrón de luces rojas, sirenas y el rostro pálido de Diego sosteniendo mi mano con una fuerza que yo creía perdida. Las contracciones me partían en dos. Ocho meses de gestación, el estrés extremo y el horror de la plancha habían desencadenado un parto prematuro y de alto riesgo.
—Resiste, Mariana. Estoy aquí, ya no te voy a soltar —susurraba Diego, limpiando el sudor de mi frente mientras los paramédicos me canalizaban.
Al llegar al hospital general de Puebla, el caos se desató. Mi presión arterial rozaba niveles peligrosos de preeclampsia. Me llevaron directo a la sala de urgencias para una cesárea de emergencia. Lo último que vi antes de que la anestesia me borrara el mundo fue la mirada fija de mi esposo, prometiéndome con los ojos que todo estaría bien.
### Un despertar en paz
Cuando abrí los ojos, el olor a hospital había reemplazado el aroma a té amargo de la cocina de Doña Elvira. La luz del sol entraba por la ventana. A mi lado, en una pequeña cuna transparente, dormía una bebé diminuta, conectada a un par de monitores pero respirando por sí misma.
Diego estaba sentado en una silla, con el uniforme aún arrugado, pero con una expresión de paz que jamás le había visto. Al verme despertar, se levantó de inmediato y besó mi frente.
—Es hermosa, Mariana. Se parece a ti —dijo con la voz quebrada—. Los doctores dicen que es una guerrera. Estará unos días en la incubadora por precaución, pero está sana.
Lloré, pero esta vez de alivio. Sofía estaba viva. Yo estaba viva.
Sin embargo, el peligro no había terminado. Doña Elvira, utilizando sus influencias y su fachada de mujer intachable en la colonia, intentó mover sus hilos desde el centro de detención. Contrató a un abogado costoso que alegó “demencia temporal” y “delirio de protección familiar” debido a la supuesta inestabilidad mental que yo padecía.
Pero esta vez, no estábamos solas.
Diego contactó a mi madre en Veracruz y a mi amiga Paulina. Cuando supieron la verdad, viajaron de inmediato a Puebla. Paulina entregó a la fiscalía los extraños mensajes de texto que supuestamente yo le había mandado, demostrando que la geolocalización no coincidía con mis hábitos.
La carpeta que Diego encontró en el cajón fue el clavo definitivo en el ataúd legal de Doña Elvira. Los peritos psicológicos de la Fiscalía del Estado de Puebla determinaron que las notas demostraban una planeación fría, obsesiva y premeditada para privarme de la libertad y cometer un fraude familiar.