“Nada, cariño. Papeleo aburrido del lugar”.
Peter tocó el marco de la puerta que tenía detrás, radiante de orgullo de hermano mayor con su esmoquin gris oscuro.
“Ahí está mi hermana. ¿Estás listo para hacer esto?”
“Estoy listo.”
Entró y me abrazó con fuerza, y por encima de su hombro, vía a Evan observándolo. Intercambiaron una mirada rápida, casi juguetona, como una broma privada de la que no me habían invitado.
¿Qué?”
—Nada —dijo Peter, retrocediendo—. Justo esta mañana le estaba contando a Evan. Hace ocho meses no podíamos levantarte de la cama. Mirate ahora.
“Elegiste uno bueno para mí, hermano mayor”.
“Siempre lo hago.”
Me besó en la mejilla y me tendió el brazo, y yo lo tomé.
Comenzó la música. Se abrieron las puertas. Doscientos rostros se volvieron hacia mí, y caminé por el pasillo del brazo de mi hermano, segura por fin de haber tomado la decisión correcta.
A mitad del pasillo, vi a Peter diciéndole algo a Evan en silencio a través de mi velo. No pude leer las palabras. Me dije a mí misma que no importaba.
Los votos aún resonaban en mi pecho cuando la recepción se convirtió en risas y el tintineo de las copas. Me movía por el salón como una mujer finalmente perdonada por su propia vida, aceptando besos en la mejilla, sonriendo para las fotos y dejando que desconocidos me dijeran lo radiante que me veía.