Mi exesposo multimillonario eligió el asiento junto a mí en primera clase para burlarse de lo que creía que yo había perdido… hasta que tres niños con su misma cara corrieron hacia mí gritando: “¡Mamá!”

 


Alejandro no podía apartar la vista de los niños.

Diego se aferraba a mi brazo.

Mateo sostenía mi mano.

Tomás escondía la cara en mi abrigo.

Y los tres tenían algo imposible de ignorar.

Su rostro.

Su sangre.

Su historia.

—Renata… —repitió, con la voz quebrada—. ¿Cuántos años tienen?

No respondí de inmediato.

Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de él.

Las fechas.

Los recuerdos.

La noche en que destruyó nuestro matrimonio.

Todo estaba regresando de golpe.

—Cuatro años —contesté finalmente.

El color desapareció por completo de su rostro.

Porque hizo el cálculo al instante.

Cuatro años.

Nueve meses después de nuestro divorcio.

Nueve meses después de la última vez que estuvimos juntos.

—No… —murmuró.

Yo permanecí en silencio.

—No puede ser.

—Sí puede.

Los niños nos observaban confundidos.