Siempre desde distintas sucursales.
Camila miró a Julián con los ojos llenos de lágrimas.
—Tío, no te dijimos nada porque queríamos estar seguras.
Sofía corrigió con ternura:
—Papá. No tío.
Julián se llevó una mano al pecho.
La rectora hizo una señal y en la pantalla del auditorio apareció una fotografía.
Era un hombre envejecido, flaco, con gorra, parado afuera de una construcción.
Julián se levantó despacio.
No era posible.
Era Esteban.
Pero no el Esteban joven y guapo que él recordaba.
Era un hombre acabado, con la piel quemada por el sol y las manos llenas de cicatrices.
Sofía explicó que, investigando los depósitos, encontraron una pista en una sucursal de Veracruz. Después de semanas de llamadas, dieron con un albergue donde Esteban había vivido un tiempo.
Había trabajado como cargador, albañil, velador y vendedor ambulante.
Nunca hizo una familia nueva.
Nunca se casó.
Nunca reclamó a sus hijas.
Cada vez que juntaba algo de dinero, lo depositaba en la cuenta congelada, creyendo que algún día ellas podrían usarlo.
Pero el giro más doloroso llegó cuando Regina sacó otra hoja.
—Hace 3 semanas recibimos esto.
Era un acta de defunción.
Esteban Morales había muerto 6 meses antes en un hospital público de Veracruz.
Solo.
Sin registrar familiares.
El auditorio se quedó helado.
Julián se dobló como si le hubieran dado un golpe.
Camila bajó del escenario de inmediato, pero Sofía le hizo una señal para que esperara.
Aún faltaba algo.
Regina leyó la última parte de la carta, ahora con la voz rota.
—“Julián, sé que te estoy robando la vida. Sé que vas a odiarme. Y tienes derecho. Pero si esas niñas crecen buenas, fuertes y libres, no será por mí. Será por ti. Prometo que, aunque sea desde lejos, voy a intentar pagar cada año que te quite.”
Julián ya no pudo sostenerse.
Cayó de rodillas entre las filas, con la cámara colgando del cuello y las manos temblando.
No cayó por debilidad.
Cayó porque durante 22 años había cargado una historia incompleta.
Había criado 3 niñas creyendo que su hermano no tuvo corazón.
Y ahora descubría que sí lo tuvo, pero roto, asustado y demasiado cobarde para volver.
Las 3 hermanas bajaron del escenario.
Regina fue la primera en abrazarlo.
—Papá, no llores.
Camila se arrodilló junto a él.
—Todo lo bueno que somos salió de ti.
Sofía, la más seria de las 3, puso en sus manos una carpeta.
—La cuenta ya fue liberada.