Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….

Don Ricardo Montes seguía siendo un hombre duro, obsesionado con el prestigio y con la idea de que la compasión debía verse bien en fotografías, no complicar balances. Cada propuesta de Isabella terminaba igual.

—Los negocios no son albergues.

—No hablo de regalar, hablo de invertir en gente.

—La gente agradecida no existe.

Después de años de discusiones, Isabella se cansó. Se quedó dentro de la empresa, sí, pero en una esquina pequeña. Dirigía programas internos, becas limitadas, apoyo a empleados. Lo suficiente para dormir un poco mejor. No lo suficiente para sentirse libre.

Nunca se casó.

Hubo novios, compromisos casi firmados, cenas impecables con hombres correctos. Pero siempre terminaba sintiendo que conversaba con personas completas mientras una parte de ella seguía detenida en una calle pequeña de Guadalajara, viendo a un niño con una cinta azul en la muñeca prometer algo imposible.

Con los años dejó de contarlo.

La gente sonreía con ternura o con burla cuando lo mencionaba. “Qué lindo recuerdo”. “Los niños prometen cualquier cosa”. “Seguro ni se acuerda de ti”.

Ella sonreía también.

Pero guardaba silencio cuando, algunas noches, abría una caja antigua donde conservaba una mitad de pulsera de plata. La otra mitad se la había llevado Mateo.

El vigésimo quinto aniversario de Grupo Montes llegó en medio de problemas. La cadena arrastraba deudas ocultas, hoteles envejecidos y un proyecto fallido en Puerto Vallarta que había drenado millones. Don Ricardo organizó una gala enorme para aparentar fuerza.

Invitó prensa, políticos, empresarios y posibles inversionistas.

Necesitaba cerrar una alianza que salvara el grupo.

Isabella lo sabía porque había escuchado a los abogados hablar en voz baja: si esa noche no aparecía capital fresco, en menos de seis meses tendrían que vender activos históricos.

La gala fue en el Hotel Imperial, la joya antigua de la familia. Candelabros restaurados, flores blancas, violinistas junto a la escalera principal. Todo perfecto por fuera.

Por dentro, miedo.

Isabella llevaba un vestido azul oscuro y la paciencia agotada. Saludaba sonriendo mientras veía a su padre fingir seguridad con una copa en la mano.

—Hoy llega alguien importante —le dijo él sin mirarla—. Compórtate profesional.

—Siempre lo hago.

—No me contradigas frente a él.

—Ni siquiera sé quién es.

Don Ricardo acomodó el saco.