Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….

El rumor se extendió por toda la escuela: la señorita Montes estaba “haciéndose amiga de un niño de la calle”.

Sus compañeros se burlaron de ella.
La maestra llamó a su madre.
Su padre se enfureció porque pensó que su hija estaba avergonzando a la familia.

—Tú no entiendes, Isabella —dijo su padre con frialdad—. Los niños como él se aprovechan de la bondad de los demás.

Pero Isabella solo bajó la cabeza y respondió:

—Si yo tuviera hambre, también esperaría que alguien me diera de comer.

Aquella frase dejó la habitación en silencio.

Pero el asunto no terminó ahí.

Unas semanas después, la familia Montes decidió cambiar a Isabella de escuela. Le prohibieron acercarse a la antigua reja. Le prohibieron mencionar a Mateo. Le prohibieron llevar comida extra en la mochila.

Para los adultos, aquello era solo un asunto pequeño.

Pero para Mateo, fue la primera vez en su vida que perdió a la única persona que lo hacía sentir que todavía merecía vivir.

Y entonces, un día, Mateo dejó de aparecer.

Antes de desaparecer, esperó a Isabella frente a la entrada lateral de su nueva escuela durante tres horas. Cuando la niña salió, él corrió hacia ella, respirando con dificultad, con una cinta azul aún atada en la muñeca, la misma que Isabella había usado una vez para sujetar su lonchera.

—Me tengo que ir —dijo Mateo.

—¿A dónde?

—Una familia de Monterrey me va a adoptar. Dicen que podré ir a la escuela.

Isabella se quedó paralizada.

Mateo intentó sonreír, pero tenía los ojos rojos.

—Cuando sea grande, volveré por ti.

Isabella rompió en llanto.

—¿Me lo prometes?

Mateo asintió.

—Te lo prometo. Cuando pueda estar frente a ti y ya no sea el niño hambriento de la reja… volveré.

Isabella se quitó una pequeña pulsera de plata y la puso en su mano.

—Entonces quédate con esto. Para que no me olvides.

Mateo apretó la pulsera con fuerza.

Los dos niños se abrazaron por última vez en una pequeña calle de Guadalajara.

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Y luego Mateo se fue.

Pasaron veinticinco años

Pasaron veinticinco años.

Guadalajara cambió de avenidas, de edificios y de ritmo. Donde antes había terrenos vacíos aparecieron torres de cristal. Donde había casonas antiguas nacieron restaurantes de diseño. Los apellidos siguieron pesando, pero menos. El dinero seguía mandando, aunque ahora lo hacía con redes sociales y campañas de imagen.

Isabella Montes también cambió.

Ya no era la niña de trenzas perfectas que escondía media torta en la lonchera. Tenía treinta y cuatro años, una licenciatura en administración y el apellido Montes todavía abriendo puertas que a veces ella deseaba cerrar. Después de la muerte de su madre, había intentado tomar un camino distinto al de su padre. Quería convertir parte del grupo hotelero en una fundación real, no en una fachada elegante para deducir impuestos.

Pero con su padre nada era sencillo.